EL ESCRITOR Gabriel García Márquez, tras sentirse sacudido por una llamada atávica y ancestral, visitó Galicia en 1983 y descubrió una geografía de verdes y vientos -también de olores y sabores- con la que enseguida se sintió plenamente identificado. Allí estaba la explicación de todo lo que le había oído fantasear a su abuela doña Tranquilina, inspiradora formal de Cien años de soledad. Toda esa manera de contar, sin deslindar lo real de lo irreal, lo de este mundo de lo del otro. Toda esa cosmovisión. Sólo una cosa encontró reprochable en los gallegos: esa eterna manía de disculparse porque llueve, cuando «Galicia sin lluvia -escribió- sería una desilusión, porque el suyo es un país mítico -mucho más de lo que los propios gallegos imaginan-, y en los países míticos nunca sale el sol». Y nos recordaba que también llovía en los libros de Rosalía de Castro y de Valle-Inclán, y soplaba un viento interminable, «que es tal vez lo que siembra ese germen lunático que hace distintos y amorosos a tantos gallegos». Ayer, veintitrés años después del reproche de García Márquez, los gallegos se manifestaban gozosos de que lloviese en su tierra, mansa y dulcemente, para no arrastrar las montañas de cenizas causadas por los incendios. Si García Márquez viniese este verano a Galicia se quedaría asombrado por el cambio. Ni yo mismo había oído tantas alabanzas hacia esa lluvia fina que todo lo penetra sin encharcarlo ni provocar torrenteras. ¡La lluvia deseada! Porque esta vez sí que todos estábamos de acuerdo en que Galicia sin lluvia era una desilusión. Y nosotros queremos esa ilusión de los países míticos en los que es posible creer que no sale el sol ni pueden producirse incendios devastadores provocados por malvados ni siquiera iluminados. ¡Creer en un país que no arde porque no lo consentimos! Porque nosotros sabremos ser la lluvia necesaria.