La peste

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

12 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

NO creo en meigas ni en bruxas. Queremos verles la cara. Saber cómo es su rostro. Nombre, apellidos y DNI, para que haya escarnio público, tras la presunción de inocencia y la condena firme. Su sitio es una celda. La sociedad se tiene que quedar con quiénes son. Para siempre. Es muy grave lo que están haciendo, un daño irreparable. Han convertido a Galicia en una estéril superficie lunar. Sean quiénes sean. Dementes o alcohólicos. De las brigadas o no. Me da igual que sea la industria del fuego o la del cemento o la de la madera o la de la venganza o la de la locura. Están locos y son muy peligrosos. Hay que detener a los autores materiales y a los que están detrás. Tirar de la trama, si la hay, como quien tira de una cadena. En Galicia hay mucha gente de bien a la que no se le pasa por la cabeza quemar un monte. Necesitamos identificar a los criminales. Dicen que para curar una herida es fundamental conocer el rostro de quien la causó. Y que lo pague. Nos estamos quedando sin país, país suicida. Lo peor es la sensación de impotencia, el daño psicológico de vivir entre delincuentes sin identificar. No podemos hundirnos. Hay remedio. Primero paremos la peste y luego busquemos soluciones. Hemos abandonado el campo. Al que no limpie sus montes que se los quiten. Nos creemos que la única forma de vida es la ciudad. En Galicia todos tenemos una aldea. Hay que volver a ellas y no sólo los fines de semana para llenar la despensa. Lo que se ha quemado es el corazón rural de Galicia. ¿Por qué no arde así el País Vasco o Navarra? El verso de Oroza se torna más real que nunca: «Tierra gris al norte». Gris ceniza. Señalemos con el dedo a los culpables. Tengo una necesidad física de saber quiénes han sido las bestias que se han cargado mi país. Y ¿por qué nos han destruido? cesar.casal@lavoz.es