Una tarea común


EN ALGUNAS ocasiones nos acordamos del Gobierno, de las diversas escalas de gobierno, y no es cuando los gobernantes se nos presentan chupando cámara alrededor de un famoso. Nos acordamos del Gobierno sobre todo cuando nos cae encima una desgracia colectiva, porque en estos tiempos ya no nos tragamos que las catástrofes sean un castigo divino ni una fatalidad. Negra sombra es un poema de hace dos siglos. Hoy pensamos que no estamos solos. Que el contrato social perfeccionado por los siglos y financiado por nuestros impuestos nos permite disponer de instituciones suficientemente poderosas como para que las desgracias se consideren inevitables o se tengan que solucionar apagando fuegos (o recogiendo chapapote) con las manos.Hay muchos gobiernos. Gobiernan en su terreno los presidentes de los bancos y los directivos de las empresas, los autónomos y los padres o madres de familia. En ninguna de estas otras instancias de gobierno se consentiría que, un año tras otro, un grupo de destructores camuflados pusiera en peligro los resultados económicos o la felicidad de nuestros niños. ¿Por qué se lo permitimos, desde hace décadas, a los más o menos conocidos incendiarios de nuestros montes? ¿No es un país también una tarea común, como una empresa o una familia? Para algunos, las motivaciones de los incendiarios siguen siendo un misterio. Cuando haya varios de ellos en la cárcel, los psicólogos de Instituciones Penitenciarias trazarán estupendos perfiles que alzarán velos y facilitarán la lucha contra esta lacra. La negra sombra de verdad, la del penal, debe asombrar exclusivamente a estos antisociales con nombres y apellidos.

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