PIENSO estos días en mister Kurz, el personaje de El corazón de las tinieblas de Conrad. Kurz, en su delirio, gritaba horror, horror. Intento despegar el alma de este fuego que destruye mi tierra, su sabor, su olor. Intento mitigar la ira. Pero no puedo. Este país arde otra vez. Sus gentes corren peligro. Y su futuro. Y sus ganas de sobrevivir a cada verano. Creo que tenemos el mejor conselleiro posible. Lo recuerdo en las mañanas bélicas de la Diputación de Ourense, cara a cara con Victorino Núñez, el antecesor del virrey Baltar. Lo he visto mitinear para seis personas con el mismo empuje, y coraje, que delante de miles. Lo he mirado a los ojos y sólo he encontrado en él la bondad, la generosidad y el tesón de los hombres grandes. Antes de ser conselleiro, cuando quería irse a impartir matemáticas, le pedí públicamente que no lo hiciese. Y se quedó en política. Es, ahora mismo, el activo de mayor valor de nuestra Xunta. Pero ni él puede con el crimen organizado que diseñan los que están detrás del fuego. Del horror. Por su director xeral de Montes, y no es redundancia, yo pondría la mano en el fuego. Alberte Blanco Casal es un político íntegro, responsable, organizado, honesto, sensato. Ama tanto a su país que las últimas noches duerme en el despacho, currando en sueños. Suárez Canal y Blanco Casal son un dúo perfecto para solventar el horror. Para plantarle cara y para poner, también, en la cara de los pirómanos el castigo que reclamamos: la cárcel dura, y larga. Perseguir el crimen organizado de los incendios es una labor urgente para este país. Este corazón de las tinieblas que cada agosto nos fulmina el ánimo. Creo que nos gobierna buena gente. Y creo, también, que este país no merece tanto horror. Nosotros no somos Kurz.