LA DE AYER fue una fiesta de unanimidades. Todos coincidieron en las llamadas a la unión, en su acepción más habitual de aproximación de los demás a la postura propia. Hubo llamada a la unidad en la tradicional ofrenda al Apóstol, menos de 24 horas después de que su protagonista se quedase en la unidad aritmética, es decir en la individualidad, en la recepción e izado de bandera en la residencia presidencial, provocando los celos al menos de una parte de su Gobierno, que no fue invitado a lo que se presentaba como un acto de apertura y confraternización con la ciudadanía. Hubo llamada a la unidad en A Quintana para lograr un Estatuto de nación, con una llamada directa al que todavía es el partido más votado en Galicia a que se desuna de sus correligionarios de Madrid, que están mostrando una gran unidad en oponerse a los cambios estatutarios y cuyo más alto representante en Galicia se esmeró de nuevo en resaltar la desunión que percibe en lo que algunas malas lenguas llaman los dos gobiernos gallegos. Hubo, en fin, unidad mayoritaria en celebrar la fiesta de Santiago en playas y romerías y dejar a las vanguardias el fragor de un debate político cuyo objetivo, conviene no olvidarlo, es tratar de convencer al mayor número de ciudadanos posible a que acuda a las urnas cuando le llamen. Para ello, no estará de más que las vanguardias se esfuercen en cumplir lo que dicen: buscar lo que une por encima de lo que separa. Para lograr un mínimo de unión en la diversidad.