Meter el dedo en el ojo

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

ESPAÑA va bien y, sin embargo, sus dos principales partidos políticos no dejan de meterse mutuamente el dedo en el ojo con una fruición digna de mejor causa. Ya no hay una cuestión en la que no se hayan posicionado del modo más beligerante y proclive a desencuentros continuados. Da igual que se hable de trasvases como de inmigrantes, de educación como de infraestructuras viarias, y, por supuesto, de la cuestión territorial como del fin negociado de la violencia. El panorama es siempre el mismo: un frontal desacuerdo. Y uno se pregunta, más allá de los rudos enconos, ¿por qué se ha institucionalizado tal pasión por la discrepancia y por el enfrentamiento a todas horas y en cada encrucijada? ¿Es algo que le está dando votos a espuertas al PSOE? ¿Es algo que acrecienta la parcela demoscópica del PP? A esas alturas ya sólo encuentro una respuesta razonable para el galimatías, y es creerles a todos (o a casi todos, porque con Acebes tengo problemas de tragaderas intelectuales). De este modo, ya creo que Rajoy dice justo lo que piensa, y que se siente tan engañado como afirma por Zapatero y Rubalcaba. Es un hombre recto, que nunca iría por ahí intentando venderles coches averiados a sus conciudadanos (al menos así lo he visto siempre). Pero también le creo a Zapatero (y a la vicepresidenta, y a José Blanco) cuando acusan al PP de que, cada vez que intentan hacer algo, encuentran a sus líderes echados al monte y armados con el trabuco de llevar la contraria. ¿Acaso el Gobierno se equivoca en todo y en cada momento? El PP a veces no se toma ni el tiempo de hacerse la pregunta. Su posición es clara y previa: todo lo que hace el Gobierno es un error, ni siquiera se sabe si reparable. Tan mal ven las cosas en las manos de Zapatero. Entre tanto, los ciudadanos observan el panorama -¿qué otra cosa les queda?- y unas veces se inclinan de un lado y otras de otro. Pero lo malo es que tanta tensión hace que a veces se inclinen peligrosamente... con el riesgo de caer en un radicalismo duradero. Y es que no nos merecemos tanto desencuentro, señores políticos. No viene a cuento.