LA VIDA nacional está gravemente crispada. Un reflejo de esta crispación puede apreciarse, desde hace un tiempo, en ciertos debates parlamentarios. El Parlamento es la expresión de la soberanía nacional al derivar del sufragio universal. La democracia representativa deposita en el conjunto de los diputados la voluntad popular. En casos trascendentales para el devenir nacional debe recurrirse a la democracia directa a través de la convocatoria de un referéndum. El Gobierno de la nación, representante del poder ejecutivo, está obligado a rendir cuenta de su gestión. Este control de la acción política es una función trascendental en nuestro sistema parlamentario. El diccionario de la RAE define la voz debate , en su primera acepción, como controversia ; su segunda acepción es contienda, lucha, combate . Sorprende la diversidad de una y otra acepción. Parece que la primera hace referencia al plano de la confrontación intelectual, mientras que la segunda se sitúa en el plano de la confrontación física. ¿Cuál de éstas dos acepciones preferimos los espectadores cuando contemplamos un debate en el Congreso? He dicho espectadores y debo rectificar, ya que los ciudadanos somos protagonistas, en cuanto somos los representados, no sólo del Gobierno, que presenta el resultado de su gestión, sino también de los componentes de la Cámara que tiene el control parlamentario. Si entendemos debate como controversia, ésta supone discusión sobre opiniones diversas; si lo consideramos combate, éste implica pelea entre personas y el objetivo del debate es dejar al otro fuera de combate. Debatir es contender y combatir es guerrear. No caeré en la fácil tentación de culpar de la crispación nacional sólo a la clase política. La tensión favorece el combate y en nada aprovecha al debate. Se hace preciso que cada ciudadano contribuya a rebajarla y así los debates en la Cámara volverán a ser un ejercicio del buen hacer parlamentario.