El poder y la calle

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

NO CREO que nadie se llame a escándalo si digo que el propósito de la confrontación política es el poder; no la paz o la guerra: el poder. Ese poder que algún gobierno puede haber perdido por haberse ido a la guerra, y que algún otro gobierno puede perder o dejar de ganar por irse a la paz. Son caminos difíciles que, a veces, se toman sin saber por dónde, o por quien menos debería dar un paso sin pedir permiso. Quiero decir que la manifestación de ayer en Madrid quizá no se habría producido o tal vez habría tenido un grado de energía más cabal y precisa de no haber mediado en el desencadenamiento de los hechos la crucial y extravagante cita de Patxi López, dentro del PSE, con Arnaldo Otegi, fuera de la legalidad. Tampoco es que los convocantes de la manifestación necesitaran de muy otra cosa para llamar a sus filas. Pero estamos a lo que hay. Y lo que hay es que López tomó una decisión de subalterno pensando, probablemente, no tanto en la paz, que es cosa que deja a la imaginación de Zapatero y a la fantasía de su vicepresidenta, entre cuyas percepciones ya no figura la del terrorismo (Dios la bendiga si es que la alcanza en el vuelo), como en el poder, en el poder socialista en Euskadi y en el poder de López en el Partido Socialista donde quiera que se encuentre. Y no sería la primera vez ni el único partido en el que la iniciativa de un subalterno deja con el culo al aire y entre la espada y la pared a su patrón, su principal, su jefe. En los partidos españoles, donde las siglas lo son todo y la responsabilidad de las circunscripciones personales es inexistente, las descalificaciones internas son anatema por lo que podrían tener de erosión de esas siglas que lo son todo y por las que todo se sacrifica. De modo que Zapatero debió de tragar con aquella demostración de iniciativa que le colocaba en la única opción de no negarla, pues el poder socialista en Euskadi es tan de López, como de Maragall el socialista de Cataluña. A partir de ahí, dentro del trampantojo en que ha venido a dar el diálogo PSOE-PP, y a tenor de toda una galería de actitudes sin sentido y palabras sin significado, se llegó a la escenografía de la manifestación, en la que, como es sabido, lo de menos es el significado y sentido y fundamento de lo que se diga y pierda en el tumulto, pues lo que importa y resulta relevante es la estadística y el volumen callejero de las opiniones. Una manifestación es un hecho de poder. No tiene necesariamente que ver con la guerra o con la paz, por más que lo parezca. Tampoco con los muertos. El recurso a los muertos, a su recuerdo, a su respeto y memoria, nunca doblegará el arduo inconveniente de que sus opiniones supuestas, lo que los muertos habrían dicho o hecho, no puede estar en otro lugar que en el estímulo de las palabras y los hechos de los vivos. No podría ser de otro modo, pues el muerto es lo que ya no puede ser. Y todo lo que de un modo u otro puede ser, es con los vivos con quienes tiene entraña. En eso creo que convendría pensar cuando se piensa en el poder y en sus manifestaciones, en la guerra y en la paz. Y en la vida, cuando se piensa en los muertos, así como en los muertos, cuando se piensa en la vida.