Poco podía imaginar el público de Le Mans que sería testigo de una jornada trágica. La mejor grada del recinto, la de la zona de boxes, recibió el impacto de un monoplaza que provocó decenas de muertos y heridos. Pese a todo, la carrera nunca llegó a interrumpirse.
10 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.«Luché durante toda la Segunda Guerra Mundial, pero jamás vi una matanza similar». Un alto funcionario de la policía francesa hablaba ensangrentado a los periodistas en Le Mans. El circuito francés celebraba ese día la prueba de resistencia más famosa, las 24 horas, con la presencia de unas 250.000 personas en las gradas. A las seis y media de la tarde, con menos de tres horas de carrera, aconteció la tragedia. El público se apilaba en la zona de boxes para presenciar los repostajes de los líderes, incluso algunos niños y mujeres se ayudaron de banquetas para no perderse detalle. Entre ellos y los bólidos (que corrían a 320 kilómetros por hora) apenas se elevaban unos tablones de madera. En la fatídica maniobra intervinieron tres coches. El Jaguar de Hawthorn adelantó al Austin de Macklin, piloto doblado, justo antes de entrar en boxes, para lo que tuvo que realizar una urgente frenada. Ante la acción, Macklin se escoró hacia la izquierda, por donde llegaba el Mercedes-Benz de Pierre Levegh. Éste se montó en la rueda del Austin y salió volando por los aires hacia un pequeño muro de protección, pero todo el tren delantero se soltó del vehículo y alcanzó a los espectadores de la grada. Varias cabezas, brazos y piernas fueron segadas por el motor. Mientras tanto, Macklin se estrellaba contra los boxes, lo que incrementaba la lista de muertos. De forma milagrosa, Fangio evitó colisionar con los coches accidentados. Entonces se produjo una extraña medida: el director de carrera, Charles Faroux, decidió que la prueba continuase para distraer al público de otras gradas mientras se realizaban las labores de socorro. Pero el argentino Fangio no pudo concluir. A las dos de la mañana el box de Mercedes-Benz recibía la llamada de Fritz Konecke, gerente de la firma reunido de urgencia en Stuttgart, que obligó al equipo a retirarse. Posteriormente se sucederían los rumores. Llegó a decirse que la primera explosión del coche de Levegh se había producido en el aire, de tal forma que lo que había matado a los aficionados era la onda expansiva. Se especuló entonces con que los depósitos de los Mercedes-Benz cargaban nitrometano. Antes de iniciarse una investigación sobre los coches alemanes, el presidente de Francia, Charles De Gaulle prefirió no alterar la restablecida amistad con los germanos. Tampoco llegó a determinarse nunca el número de muertos. Si bien la de 83 es la cifra de consenso, con Levegh incluido, hay tesis que avalan 79, 80 e incluso 85 muertos. Aquel trágico acontecimiento tuvo consecuencias a largo plazo, como la mejora de la seguridad en los recintos deportivos. Algunos países no quisieron esperar tanto y tomaron medidas más drásticas: Suiza prohibió la celebración de carreras automovilísticas dentro de sus fronteras, una decisión que dura hasta hoy. El día más terrible del automovilismo tuvo tres avisos esa mañana. Durante la primera sesión de entrenamientos dos periodistas resultaron heridos por la colisión en boxes entre un Mercedes y un Panhard. En la siguiente tanda, otro vehículo colisionó contra las balas de protección sin mayores consecuencias. Y aún hubo un tercer accidente, en el que Bayol resultó gravemente herido al derrapar su monoplaza. Al día siguiente concluía la carrera con una irónica paradoja. Mike Hawthorn, cuya maniobra en boxes desencadenó la tragedia, se proclamó vencedor. El piloto inglés moriría cuatro años después en un accidente de tráfico con su Jaguar.