GESTIONARON hospitales, ofrecieron asistencia psiquiátrica y contribuyeron a transformar los viejos manicomios cuando la red pública era insuficiente y la beneficencia era la única vía de acceso a la asistencia sanitaria para muchos ciudadanos. Dieron refugio en orfanatos y casas de acogida a centenares de niños huérfanos en etapas de nuestra reciente historia afortunadamente superadas. Consiguieron que el barro fuera sustituido por el asfalto en cientos de kilómetros de caminos y calles de pueblos y aldeas. Las Diputaciones provinciales cumplieron un papel importante como complemento de una Administración central lejana e insuficiente. Pero no se puede vivir del pasado. La profunda transformación social de las últimas décadas las ha ido vaciando de contenido, comprimidas entre la nueva Administración autonómica y unos ayuntamientos que piden más capacidad de gestión propia en vez de organismos de teórico apoyo y lenta y poco útil realidad. Los nuevos tiempos exigen nuevos instrumentos. O las diputaciones se renuevan con rapidez o seguirán languideciendo hasta desaparecer.