ETA ha logrado al fin, sin pegar un solo tiro, lo que no había sido capaz de conseguir cuando asesinaba a docenas de personas cada año: hacer añicos el entendimiento político entre las dos fuerzas fundamentales de nuestro sistema democrático. Porque eso representan hoy en España el PSOE y el PP: los partidos sobre los que reposa el Estado democrático de derecho que proclama nuestra Constitución en su artículo primero. No son, ciertamente, las únicas vigas que dan sustento al edificio, pero son sus vigas maestras, por lo que resulta una irresponsabilidad y una quimera cualquier pretensión de afrontar los grandes desafíos nacionales sin un acuerdo de base entre los dos. El de acabar con ETA constituye el más antiguo e imperativo de esos desafío. Pues ETA es, en verdad, la única herencia viva de nuestro particular fascismo ibérico, por más que los amigos de los encapuchados se empeñen, ahora como antes, en llamar fascista a todo el que no comulga con sus ruedas de molino. A lo largo de caso medio siglo hemos hecho lo que visto en perspectiva resulta casi imposible de creer: resistir unidos la tentación del entreguismo, pese a una sañuda acción criminal que durante mucho tiempo pareció que jamás terminaría. Por eso ahora, cuando al fin hemos vencido, resulta dramático este duelo a garrotazos que ha convertido al PSOE y al PP en enemigos incapaces de hacer unidos lo que queda del trabajo para darle la puntilla a una ETA moribunda. No se logrará ese objetivo, desde luego, con acusaciones increíbles, en el sentido literal de la palabra, como esas en las que Ángel Acebes proclama que ETA y el presidente del Gobierno ¡comparten su proyecto! Si esa es la oposición que el PP ha decidido finalmente hacer en este asunto, más nos valiera no tener en este asunto oposición. Pero tampoco se logrará el objetivo deseado -acabar con ETA sin pagar por ello nada a cambio en términos políticos- si el Gobierno se empeña en acusar a la oposición de no querer el fin de la violencia por sostener lo que hace tan sólo unos días sostenían al unísono todos los miembros del Gobierno. Es, de hecho, este ambiente irrespirable de acusaciones cruzadas de traición el que explica no que Acebes haya dicho lo que dijo, sino que, al hacerlo, no haya concitado la unánime condena de todos sus compañeros de partido. Nadie debería, por eso, de engañarse: de seguir así las cosas entre el PSOE y el PP, su enfrentamiento sin cuartel, ratificado en el Congreso hace unas horas, acabará por trasladarse a la sociedad antes o después. Con lo que el fin de ETA podría acabar costándonos el mayor precio que cabría imaginar: el de arruinar nuestra convivencia democrática.