La España de Rocío y Otegi


MADRID, tarde del jueves 1 de junio. Plaza de Colón: un desfile interminable de personas despide a una estrella de la canción. Misma ciudad, misma tarde, calle Génova: ocho radicales vascos comparecen ante el juez Grande-Marlaska. Un pequeño grupo de exaltados de extrema derecha les llaman asesinos. Entre ambos escenarios hay apenas doscientos metros de distancia física, pero es como si hubiera un océano. Son dos mundos distintos que se ignoran. Uno es la España de Rocío Jurado. El otro, la España de la tensión política. En uno hay cientos de micrófonos y cámaras. En el otro, periodistas especializados. En uno, lágrimas de despedida. En el otro, los que provocaron tantas lágrimas. Echo mano de Machado: a un lado, la sombra de la España de charanga y pandereta; al otro, la España que ha de helarte el corazón. Les separan doscientos metros de asfalto.¿Cuál representa mejor al país real? Si miramos a la gente y escuchamos sus sentimientos, Rocío Jurado. Pocas, pocos, artistas han simbolizado tanto la fuerza y el fuego del país legendario. No es que cantara muy bien. No es que fuera una de las mejores voces del siglo. Es que conectaba con aquel mito nacional que todavía se usa para los encuentros épicos de fútbol: la raza. Rocío era la raza, como en su momento lo fue Lola Flores. El tronío. El pecho recio. El muslo insinuado y firme. El clavel rojo. La carne, la tierra y el fuego. Si leemos la crónica política, la escena de la Audiencia representa este momento: las heridas abiertas que siguen sangrando; la pugna entre la indulgencia y la venganza; la Justicia sometida a una durísima presión entre el derecho de oportunidad y el derecho de leyes; un juez al que le han dicho que si aplica con rigor la ley puede estropear la mayor ilusión colectiva de los últimos años; el día anterior, el griterío de la extrema derecha que penetra en el despacho del juez; y el juez, que tiene ante sí a unos inspiradores de verdugos, pero ahora pueden ser -así los contempla el poder- agentes de paz¿ Cuando se escriba la historia, la España de Rocío será un capítulo de gloria musical. Seguirá viviendo en las antologías. Y, aunque sea en un funeral, suena a fiesta y a concordia. La otra es una incógnita con tintes de dramatismo. Resucita odios y enemigos históricos. Provoca divisiones entre quienes buscan la paz por medios distintos. Este jueves, cuando Zapatero se explicaba, cuando nos escandalizábamos de que se pudiera hablar con ellos, sólo doscientos metros las separaban. Miré a ambos lados de este Madrid de jueces y velatorios, y me sacudieron los versos de Jorge Guillén: «Esa España que quiso demasiado (¿) / Hubo ardor. ¿Hay ceniza? Una brasa. / Arde bien. Arde siempre».

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