CADA VEZ es más frecuente escuchar a profesores y políticos que teorizan sobre la democracia comunicativa. Para todos es evidente que los medios de comunicación constituyen el foro más accesible y abierto de las democracias modernas, y por eso coinciden en señalar que la calidad y la eficiencia de nuestro sistema está en relación directa con la existencia de una prensa plural y libre. Lo que no es nada frecuente es que un editor de prensa, que gana su credibilidad y su autoridad en los quioscos de Galicia y León y en los puntos más sensibles de la política española, hable de sus diarios y sus afanes como de un servicio público, y que, por el mero hecho de entenderlo así, acepte la obligación de compaginar sus objetivos empresariales con el interés general de la sociedad en la que nace y cobra sentido un grupo de comunicación. Por eso creo que las repercusiones del discurso pronunciado por Santiago Rey en León, ante el presidente del Gobierno y las gentes más relevantes de la sociedad castellana, no pueden quedar reducidas a la noticia de un día. «Las empresas periodísticas -dijo el editor de La Voz de Galicia- no son fruto de una mera iniciativa mercantil. O nacen de una comunidad, para servirla, o mueren». Y eso es tanto como comprometerse a que todos los conflictos que surgen diariamente en el mundo de la información se salden a favor del lector que acude libremente al quiosco para intercambiar sus opiniones y demandas con la gente que decide, analiza y evalúa las políticas públicas. En una democracia avanzada tiene que haber muchas vías de interacción entre ciudadanos y gobernantes. Pero las actuales teorías de la democracia comunicativa han venido a demostrar que esa conexión necesaria se produce de forma preferente en los medios de comunicación, y que toda opción libre a favor de un modelo informativo equivale a un mensaje colectivo que, por ser directo e imposible de manipular, está modificando en esencia el concepto de democracia. Pero lo más interesante del discurso de Santiago Rey no estuvo en la reiteración de su compromiso, bien conocido, con la prensa libre, sino en la denuncia pública de los intentos de «ahogar cualquier atisbo de discrepancia» que caracterizan la relación habitual entre los grupos del poder económico y político y la prensa profesionalizada. Y por eso pudo actuar de conciencia crítica para una sociedad que necesita la unidad de acción y discrepancia creativa. Porque sólo de la unidad de acción puede venir el salto evolutivo que esperan Galicia y León. Y sólo de la información plural puede venir la buena orientación del servicio público que caracteriza a las democracias avanzadas.