Cambio de culto

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

Aún se puede ver el hueco abierto en la muralla por la traición con la que acabó el asedio, la huella ensangrentada en lo alto de una columna de Hagya Sofia y el balcón por el que saltó al vacío el sacerdote que celebraba misa cuando el turco entró a caballo en la basílica.

28 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

También se puede ver, en el Museo del Ejército, entre puñales que ocultan pistolas, y escopetas dobladas para disparar por las esquinas, el eslabón de la titánica cadena hundida por Constantino IX en la boca del Cuerno de Oro para impedir la entrada de la flota turca. Aunque sólo lo logró por la vía marítima. Mahomet II ordenó que sus marinos se echaran los barcos a la espalda y cruzaran la punta de Pera hasta el extremo occidental del Cuerno de Oro, a cuyas orillas y entre el Bósforo y el Mar de Marmara se extendía Constantinopla, la antigua Bizancio, a punto de convertirse en Estambul. «El extraño desfile de los barcos se inició al amanecer del 24 de abril. Las plataformas fueron arriadas en el agua y los barcos amarrados sobre ellas; luego los desembarcaron por medio de poleas y delante de cada uno se engancharon yuntas de bueyes con equipos de hombres para desatollarlos en los trayectos mas fragosos y difíciles». Así cuenta Steven Runciman en La caída de Constantinopla la preparación de aquel desfile naval entre los campos, que aterrorizó a quienes lo vieron desde las murallas de Constantinopla. Con el Cuerno de Oro controlado, el turco concentró sus esfuerzos sobre las murallas para mayor consternación de los asediados, que aún guardaban memoria de que fue por las murallas por dónde habían entrado los cruzados en 1204. Lo que ignoraban era que el arma que Mahomet II utilizaría para batirlas podría haber estado en sus manos. Sólo un año antes, en el verano de 1452, el ingeniero húngaro Orbón, fabricante de cañones, ofreció sus servicios al emperador Constantino, que los rechazó por encontrarlos muy caros y carecer de las materias primas imprescindibles. El húngaro se ofreció entonces al turco, que tenía de todo. El prototipo de la pieza estuvo listo en enero de 1453, un cañón de bronce con una longitud de casi once metros y un grosor de veinte centímetros, capaz de disparar balas de doce quintales que abrían unos boquetes de dos metros de diámetro a 1.500 metros de distancia. Los movían treinta y cinco pares de bueyes, y cien hombres a cada flanco cuidaban de mantener el equilibrio de su armazón. El sultán hubo de reforzar los caminos y los puentes hasta Constantinopla para el paso de aquel monstruo de la artillería al que se llamó Gran Orbón, apostado frente a la antigua Bizancio para añadirse al horror infundido por los barcos que surcaban los campos, y al pavor desencadenado por los temblores de tierra y las lluvias torrenciales que agrietaron aquellas catorce millas de murallas defendidas por apenas siete mil hombres frente a los ochenta mil del sultán y sus hordas de irregulares. No es probable que Mahomet II perdiera mucho tiempo imaginando la traición que pondría Constantinopla en sus manos al abrir la muralla en el extremo de Blachernas, a la altura de Kylókerkos. Allí ondeó por primera vez la bandera turca, y allí acudió Constantino IX para despojarse de sus insignias y atacar al invasor. Nunca más se supo de aquel emperador.