El acorazado

ÁNGEL CASTIÑEIRA

OPINIÓN

LA ROYAL NAVY HUNDE EL «BISMARCK» Cinco acorazados, dos portaaviones, catorce cruceros y veintiún destructores para echar al fondo del mar a un solo buque, el «Bismarck», el orgullo de la Kriegsmarine, la Armada alemana. Y fue un pequeño biplano Farey Swordfish del «Ark Royal» el que lo hirió de muerte.

27 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

Aquel mediodía pasaba entre San Felipe y La Palma el Canarias. Enormes enseñas nacionales pintadas en aletas y amuras proclamaban la neutralidad del crucero español, en operación de rescate. La Marina alemana, que en 1916 en Jutlandia había destruido el mito de invencibilidad de la Royal Navy, acababa de perder su mejor barco, con el almirante Lütjens a bordo, bajo el fuego británico y pedía ayuda a la Armada española. La historia del Bismarck comenzó a gestarse en 1935, cuando los alemanes arrancaron del Almirantazgo británico un nuevo acuerdo naval por el que se revisaban las duras condiciones del Tratado de Versalles. En palabras de Churchill, «no se impuso ninguna restricción [?]. Podían construir [barcos] tan deprisa como les fuera posible». En efecto, la firma del acuerdo y el inicio de la construcción de dos superdreadnoughts (hubo un segundo barco de la clase Bismarck: el Tirpitz) fueron casi simultáneas. En seis años la Kriegsmarine dispuso de los mejores buques de la historia hasta aquel momento. El 18 de mayo de 1941, el Bismarck partía de Gotenhafen (actual Gdynia) hacia su primera misión: la operación Rheinübung, que consistía en forzar el paso hasta el Atlántico junto con el crucero Prinz Eugen. El gran almirante Raeder veía en ella la última oportunidad de que Hitler confiase en el arma naval antes de dedicar todos sus esfuerzos a la próxima invasión de la URSS. La inteligencia aliada siguió la pista de los barcos alemanes hasta Noruega, pero después se esfumaron, y la amenaza del Bismarck campando a sus anchas entre los convoyes que sostenían el esfuerzo bélico británico provocó el pánico. El día 24 los navíos de Lütjens fueron avistados en el estrecho de Dinamarca. El crucero pesado Hood, con el almirante Holland, y el acorazado Prince of Wales salieron a su paso, pero en seis minutos el buque insignia británico, el más grande del mundo, saltaba por los aires. El Prince of Wales, lo más moderno que habían parido los astilleros británicos, huyó como pudo, aunque dejó una vía de agua en el navío alemán, que tuvo que ralentizar la marcha en un par de nudos. Nada grave. Pero había que decidir: regresar a Alemania con la gloria o intentar alcanzar un puerto francés para continuar la misión tras las oportunas reparaciones. La elección fue fatal e inevitablemente avariciosa: dirigirse a Saint-Nazaire, en la Francia ocupada, sin el Prinz Eugen. Desde ese instante, la práctica totalidad de la Royal Navy se lanzó sobre el gigante de 45.000 toneladas. La Home Fleet abandonó su guarida escocesa de Scapa Flow y las unidades pesadas que escoltaban a los mercantes también se unieron a la persecución. Por último, en lugar de acudir a la decisiva batalla que se estaba librando en Creta, la Fuerza H de Gibraltar puso rumbo al Atlántico para cerrar el cerco sobre el Bismarck. Y fueron precisamente los aeroplanos del Ark Royal, el portaaviones de esta escuadra, los que localizaron el objetivo: dos de los torpedos que lanzaron dieron en el blindaje, pero un tercero, el afortunado, impactó en las hélices y el timón y dejó sin gobierno la nave alemana. Después de todo, un biplano Farey Swordfish con traza de trasto de la guerra del 14 decidió la batalla y reafirmó la nueva supremacía de la aviación embarcada, ya demostrada en Tarento y en Matapán, y en el futuro en Pearl Harbor, Malaca (donde aviones japoneses echaron a pique al mismo Prince of Wales), Midway... A partir del ataque aéreo no hubo más incertidumbre. Según algunas fuentes, los británicos dispararon cerca de tres mil proyectiles de gran calibre sobre un Bismarck que, tozudo, se hundió sin arriar el pabellón de combate. El último día del mes entraba en el puerto de A Coruña, sin hacer demasiado ruido, el Canarias. Había rescatado los cadáveres de dos marineros alemanes. Y los había devuelto al mar con todos los honores.