ESQUECEMENTO es una de las palabras mas bellas del idioma, es todo un símbolo y una metáfora en un país de olvidos perpetuos. El presidente de la Real Academia Galega, que este año celebra su primer centenario, dio el aldabonazo en un discurso tan breve como valiente pronunciado en la rosaliana casa de la Matanza. Barreiro constató y lo anunció en público, de forma tan elocuente como sintética la frase que diagnosticaba el estado de la cuestión: la lengua está herida. Y fue algo más que un aviso a los navegantes. Son muchas las voces que denuncian la fragilidad del idioma gallego, el acoso a que es sometido, las deserciones y los adioses. Freixanes asegura que el gallego es una lengua de adultos, que es un idioma de afectos, un lenguaje de uso. En la periferia del idioma no ha prendido la llama del debate fuera de los claustros escolares, y una vez más, pasó el día y pasó la romería, y poco se aprovechó la fiesta de las letras para reconvertirla en una jornada de reivindicación idiomática nacional. Nuestra identidad está en la lengua, y pese a esta aparente contradicción de estar escribiendo en castellano, soy consciente de la urgencia reparadora, cauterizadora de esa herida que estoy seguro puede cicatrizar felizmente si se arbitran los medios adecuados. Padrón fue el lugar elegido. No podía ser otro, allí late el corazón literario de todos los gallegos. El 16 de mayo Padrón, do seu verdor cinguido, convocó a quienes dirigen y diseñan el nuevo país. Fue mucho más que un acto protocolario e institucional, fue un diagnóstico y una apuesta por la normalidad y la normalización, apoyado en los ejes básicos, en las capacidades necesarias para mover la historia. La precisión del discurso del presidente Touriño fue más allá del mero mensaje tranquilizador. Y convinimos -el sol se desparramaba por los jardines rosalianos- que la lengua debe franquear las puertas del mundo de la educación, que pese a ser un instrumento literario debe conquistar todos los espacios administrativos, clínicos, técnicos, jurídicos... y coloquiales en ese segmento joven que con frecuencia desembarca en otras playas idiomáticas. El gallego ya dejó de ser una lengua militante, y si bien el mundo científico hizo del inglés su lengua franca, el gallego tiene que ser un instrumento idiomático capaz de franquear más puertas que las de los sentimientos. Curar las heridas del idioma no va a ser fácil, pero seguro que es posible, máxime si asumimos un compromiso colectivo y solidario que dé un sentido nuevo a las palabras, que no las deje envejecer recuperando su significado original. En Padrón fue el primer aviso.