Libertad, liberdade

| PEDRO ARIAS VEIRA |

OPINIÓN

16 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

A PRINCIPIOS de los setenta, daba las clases de Teoría Económica en gallego. Lo consideraba una opción de compromiso necesario; la lengua específica del país no estaba reconocida ni valorada, solo tolerada y con recelos. Traducía, a mi manera, los términos técnicos sin uso habitual y la verdad es que mis alumnos lo pasaban muy mal; a la dificultad profesional añadía el esoterismo lingüístico de mis traducciones libres, que hacía la asignatura más hueso de lo normal. Pensaba que el gallego era más que un elemental uso de verbos, artículos y expresiones convencionales. Sin sustantivos propios, adjetivos diferenciados y subordinadas complejas, un idioma que se precie no debe ser comprendido por cualquier castellano hablante que no lo haya estudiado y practicado; un idioma fetén es aquél que no entienden los de fuera. Quizás esta pretensión fronteriza es la que avaló el intento lusista. La militancia lingüística de aquel tiempo tenía en Celso Emilio Ferreiro al poeta de la convicción, el de aquel hermoso pasaje: «Lingoa proletaria do meu pobo/ faloa porque sí/ porque quero e dame a gana»... Y en Alonso Montero al teórico de la vía gradual y rigurosa contra la diglosia acomplejante. En el fondo yacía la voluntad de libertad, unida a la solidaridad con los que tenían menos oportunidades, los estudiantes procedentes de las clases bajas rurales. Después llegó la libertad política, la amnistía y el Estatuto de Autonomía. Todo se pudo normalizar y cada uno expresarse en el idioma preferido. Lo esencial era la libertad para la expresión personal porque, como dice el profesor Juan H. Les, lo importante no es lo que se dice ni en qué idioma se dice, sino quién es el que dice. De su coherencia, seriedad y competencia depende la posibilidad de comunicación, tanto personal como profesional. Hoy el habla, o las hablas, se ha convertido en un arma electoral e incluso de poder. A los poetas y a los maestros comprometidos de los tiempos difíciles los han sustituido los políticos electoralistas. Malo para los idiomas y malo para los ciudadanos. El maya Cocom Pech dijo que el idioma era la casa del alma, y el inmortal Borges demostró, con el dominio de tantos, que podríamos llegar a tener una gran mansión. A nadie se le puede imponer la música interior del yo, el baúl de las artes del pensar, ni las palabras para enamorar. Debemos dotarnos de libertad para ser nosotros mismos, en gallego o castellano, o en ambas lenguas; incluso en las extranjeras que lleguemos a conocer. No hagamos niños ni adultos unidimensionales, orgullosos de una diferencialidad para distinguirse, engañar, separarse y ascender con ventaja en los círculos oficiales del terruño. Extendamos la libertad, que significa lo mismo que liberdade, hagámosla divisa común de nuestra convivencia. Dejemos que cada uno elija la morada de su alma y disfrute de la que elijan los demás.