Evo, Repsol y Zapatero

OPINIÓN

HOY HACE exactamente cuatro meses que Evo Morales llegaba a España en su primera visita oficial y luciendo su jersey de lana como traje de gala. Ya entonces partió en dos a la opinión, representada por un Zapatero que lo recibió con simpatía obligada, y por un Rajoy que, sencillamente, se negó a entrevistarse con él. En aquel momento, don Evo era un curioso personaje que asustaba a la burguesía por sus ideas indigenistas. Cuatro meses después, el mismo don Evo ya no asusta: ha cumplido su promesa electoral de nacionalizar el gas y el petróleo. Ya es el ogro de la clase empresarial. Políticamente, es el fantasma que Mariano Rajoy puede agitar sobre el palacio de La Moncloa, con el aviso elemental: revise usted su política exterior, señor presidente. Si Zapatero tiene un problema político, no es sólo Evo Morales. El problema es que se han juntado al tiempo sus buenas relaciones con el trío de La Habana : el propio presidente de Bolivia, Fidel Castro y Hugo Chávez. Eso es lo que hizo ganar a su política el calificativo de tercermundista . No hay gobierno occidental que se haya implicado tanto con los tres. Y lo peor: no lo habrá, porque el presidente español está condenado a fotografiarse con ellos o parte de ellos en las cumbres iberoamericanas que se celebren. Y no se precipite el señor Rajoy: si gana las elecciones del 2008, también tendrá que pasar por esas sesiones fotográficas. Ahora, con el cumplimiento de su promesa de nacionalizaciones, el señor Morales deja a sus amigos los gobernantes españoles en una difícil situación: simpatizando con su política igualitaria, pero dolidos y preocupados por lo que toca al bolsillo, que es nada menos que la gran empresa Repsol-YPF. Y en el ambiente, una opinión publicada que califica de pardillo a nuestro ministros de Exteriores y eleva a Morales a la categoría de enemigo exterior número uno. ¿Qué hacer en este caso? En lo referente a la nacionalización, nada. El Estado español es ante Bolivia lo que el Vaticano ante Zapatero: podrá indignarle la medida (como a Roma el matrimonio gay), pero es fruto de su soberanía y resultado de un programa electoral. No hace falta ser un demagogo para ver el hambre que hay en Bolivia y dejarse seducir por el espejismo del petróleo como solución. A quien ve ese estado de necesidad y tiene el mandato de resolverlo, que nadie le vaya con apelaciones de seguridad jurídica ni de derechos adquiridos. Por ese lado, no hay nada que hacer. Lo único a que puede aspirar el Gobierno español es a llevar al régimen de Morales a la mesa de negociación, y en ella, que Repsol salve lo que pueda de sus beneficios. Es así de crudo, pero así de realista. El resto, crítica fácil de oposición.