«Antes de que acabe mi camino terrenal, tomaré como mujer a la muchacha que, después de muchos y largos años de fiel amistad, quiso voluntariamente venir a la ya casi cercada ciudad para compartir su destino con el mío». (Del testamento personal de Adolf Hitler).
27 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.Eva Braun llegó a la Cancillería del Reich a mediados de abril de 1945, cuando los muros de aquel gigantesco edificio de pórfido y mármol comenzaban a manifestar los efectos de los 41.000 cañones, 7650 aviones, 6250 tanques y dos millones de soldados lanzados por la Unión Soviética sobre Berlín. La muchacha atravesó el jardín y bajó con paso tímido los ocho metros de escalera encerrada en una torre redonda que la llevó al corazón del búnker. Blondi corrió por un pasillo flanqueado de bancos para recibirla meneando el rabo. Era la perra pastora del amante de la recién llegada, y sería su muerte la que probaría la eficacia del veneno destinado, en principio, a acabar con la pareja, convertida en señor y señora Hitler. Goebbels saludó a la muchacha abandonando por un instante la contemplación de un firmamento más allá del abovedado techo del búnker, en el que comentó haber visto cómo dibujaban las estrellas un sugestivo cambio de fortuna. Un cambio tan sugestivo que Hitler anunció a gritos que «el ruso sufrirá la derrota más sangrienta de su historia ante las puertas de Berlín». Pocas horas después alzaba los puños al cielo, maldecía al ejército alemán y juraba morir en las escaleras de la Chancillería. «Ha perdido la fe», escribió Eva Braun. Pero cuando Speer fue a verle para despedirse, le encontró absolutamente sereno y dueño de sí mismo. Al día siguiente destituyó a Göring de todos sus cargos acusándole de corrupto, holgazán y morfinómano. Pocas horas después entregó un frasco de veneno a la aviadora Hanna Reitsch. El 26 de abril, por la noche, un muro de la Chancillería se vino abajo por los impactos de las granadas soviéticas lanzadas desde una distancia de poco más de un kilómetro. El 27 de abril, a primera hora de la mañana, Fegelein, el oficial de las SS representante de Himmler en la Chancillería, fue visto vestido de paisano y acusado de traición. «Pobre Adolfo ?escribió entonces su prometida?, todos te han traicionado». Hitler ordenó el fusilamiento de Fegelein a las 22.00 horas del día siguiente, 28 de abril, en cuanto supo que Himmler negociaba la capitulación en el frente occidental con el conde Bernadotte. Inmediatamente, ordenó que la sala de conferencias se habilitara para la ceremonia de un matrimonio civil, el suyo propio, con Goebbels y Bormann como testigos. El acto fue tan precipitado que Eva Braun inició la firma con su nombre de soltera, se detuvo, tachó aquella B y escribió: Eva Hitler, nacida Braun. Cuatro horas después Hitler escribía las últimas palabras de su testamento: «Yo y mi esposa escogemos la muerte con el fin de evitarnos la vergüenza de una huida o de la capitulación. Es nuestro deseo ser inmediatamente incinerados...». A las tres de la madrugada del 30 de abril probó el veneno con la perra Blondi. Al llegar la hora del almuerzo vio ondear la bandera roja sobre la cúpula del Reichstag. Entonces se despidió de sus colaboradores y, llevando a Eva Braun de la mano, se encerró con ella en su habitación, donde no tardó en sonar un disparo. El veneno fue para su esposa.