CARLOS G. REIGOSA | O |
30 mar 2006 . Actualizado a las 07:00 h.TENGO debilidad por los pesimistas. Siempre los consideré unos optimistas bien informados. Entre los ilustres ya fallecidos, me quedo con el filósofo Arthur Schopenhauer y el dramaturgo Eugène Ionesco, y entre los vivos con Jean Baudrillard. Se llevan la palma. El primero nos ha recordado que la envidia es natural en el hombre y demuestra lo infelices que nos sentimos y lo mucho que nos aburrimos. En el ámbito familiar, nos reveló que «casarse significa partir en dos los propios derechos y duplicar los deberes». Estaba convencido de que «muy a menudo el perro se avergüenza de los hombres», y no creía en la modestia de los grandes espíritus («es hipocresía») ni en la sinceridad de los amigos (pero sí en la de los enemigos, cuyas censuras aconsejaba aprovechar). De la libertad de prensa dijo que siempre «debería ir acompañada de la más severa prohibición del anónimo». Y del terrorismo... Si estuviese vivo y viese lo de ETA, sin duda nos recordaría que «perdonar y olvidar quiere decir arrojar por la ventana una preciosa experiencia lograda»..., aunque a veces deba hacerse. Ni Ionesco ni Baudrillard lo desmentirían ni nos darían más esperanzas. Por eso me inclino por los pesimistas. Porque no generan falsas expectativas.