La algarada que desterró a un ministro

ALFONSO DE LA VEGA

OPINIÓN

EMPIEZA EL MOTÍN DE ESQUILACHE En este país de motines instigados, el vivan las caenas, o la persecución y expolio del no adicto o peligroso para el poder; en el país de los Borbones, los 23-F, los 11-M, los primeros ministros liberales y reformadores calumniados y las Rumasas expoliadas no conviene, aunque se intente, olvidar la historia. Por ejemplo, lo que ocurrió el 23 de marzo de 1766, Domingo de Ramos.

23 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

Asomado a las tranquilas aguas del Adriático desde la piazzetta veneciana, el reflejo de la luz de la tarde sobre la serena silueta del Redentor anima a la memoria y al recuerdo. La República Serenísima de Venecia, donde vegetó como embajador también, rinde culto a las máscaras y al disfraz, pero nunca tanto como la Corte española, donde nadie puede fiarse de nadie. Y menos que de nadie, del Borbón. El déspota hipócrita al que los alabanciosos llaman ilustrado, que me abandonó y aprovechó la ocasión de la algarada del populacho, promovida por algunos de mis enemigos, para expulsar y arruinar a los jesuitas que cuestionaban su autoridad suprema y apuntalarse en el trono y seguir cazando heroicamente en el coto de El Pardo, después de oír píamente misa como si nada hubiera pasado: ¡si yo contara lo que he visto! El pueblo español, o quizás mejor, la chusma, gente baja y soez como la calificaban en la pesquisa secreta que encargaran para esclarecer el motín, ese vulgo de Cervantes, se había enfrentado a mis reformas liberales. Esos jaques, majos y manolas que encubren su idiocia, vagancia e indignidad con la ignorancia y el crimen mucho más grandes que las capas que yo mandé cortar. Pero no se puede confundir a los autores intelectuales con los brazos ejecutores. Y lo de las capas y los chambergos sólo fue el pretexto, una trampa en la que ingenuamente caí, cuando pensaba que nada en el reino podía hacerse sin mi voluntad. Trampa cuidadosamente preparada por la reacción de Ensenada y los jesuitas y luego aprovechada por mi sucesor: el conde de Aranda, jefe de la masonería española. La verdad es que me había ganado demasiados enemigos. Además de las envidias por el grado de poder que había alcanzado, los privilegiados de sangre no perdonaban que me hubiera encumbrado gracias a los muchos años de estudio y esfuerzo personal. Y mis políticas para hacer frente a las crisis de subsistencias provocadas por las malas cosechas, que buscaban la creación de riqueza gracias al interés individual y la libertad de comercio, que son y siempre serán motor de la actividad y la causa del fomento y bienestar de las naciones, fueron saboteadas o desfiguradas. No me agradecieron que protegiera y fomentara el regadío o la mejora de cultivos, o que suprimiera la tasa que gravaba la libre circulación de grano. Ni que nombrara una Junta de Catastro para distribuir más equitativamente las cargas de la Hacienda pública. Ni menos, en un país de granujas y bandoleros, que promoviera la seguridad pública, limitara el tráfico de armas o instalara el alumbrado. Junto al palacio ducal la luz dibuja figuras en el mar que se disuelven luego y la atmósfera se torna gris perlada. Van y vienen una y otra vez en mi mente las imágenes de esos desastrosos días que me llevaron al exilio. Ese organizado desorden incitando a la chusma contra mí. Los bandos con mis edictos arrancados, mi jurisdicción, mi persona y mi familia escarnecidos y vituperados. Los intentos de atacar las sedes principales, incluido Palacio. El horror de la furia desbocada, el cobarde asesinato de uno de mis sirvientes y el saqueo de mi casa. El cura Yecla pasando al rey las ocho consignas pidiendo mi destierro, ayudado en la revuelta por Hermoso de Mendoza, Rubalcaba, o el marqués de Valdeflores. Y el Borbón huyendo secreta y heroicamente a Aranjuez mientras me dejaba indefenso ante la turba. Y luego, tras la calma y la pesquisa secreta, la purga y declaración de culpables oficiales y la expulsión y expolio de los jesuitas. Expolio al que se apuntaron piadosamente también las órdenes religiosas rivales. Al cabo, un rasgo del temible carácter español, indiferente para lo grande y apasionado por lo frívolo, carácter que es lo primero que hay que reformar si se pretende que progrese. Y la paradoja final de que lo que yo pretendía era volver a la genuina moda española, anterior a las maneras valonas. Pero la moda ha sustituido al pensamiento, la política a la moral, y así la razón es incapaz de corregir la tradición. Leopoldo de Gregorio Squilacce, Venecia, marzo de 1785