Tres años

| YASHMINA SHAWKI |

OPINIÓN

TRES AÑOS hace desde que millones de personas en todo el mundo nos echamos las manos a la cabeza ante la invasión aliada de Irak. No se trataba de una cuestión pacifista o antimilitarista, mucho menos de complacencia con la dictadura sangrienta que gobernaba Mesopotamia: era sólo sensatez ante una intervención militar irracional. Cualquiera que conociera minímamente la zona sabía que, al igual que en un avispero, podría resultar fácil entrar, pero imposible salir indemne y con la miel en los labios. Más aún, el complejo entramado étnico y religioso, junto con la falta de tradición democrática, desaconsejaban totalmente la eliminación del referente de orden y seguridad que, con sus innumerables e intolerables violaciones de los derechos humanos, habían mantenido el Partido Baaz desde 1968 y Sadam Huseín desde 1979. Desafortunadamente, el tiempo nos ha dado la razón, incluso a aquellos que esperábamos con ilusión que los iraquíes, sufridores como pocos, acudieran a las urnas para manifestar públicamente su deseo de paz y tranquilidad y obtuvieran lo que deseaban. Irak resiste milagrosamente los embates de unos y otros, que intentan hacerle caer en una enfrentamiento civil, pero la guerra de guerrillas y el terror no auguran nada bueno ni permiten tener esperanzas de una pacificación a corto plazo, sino todo lo contrario. Pero si esta situación es trágica y lamentable, peor es ver cómo el causante de tantas muertes, el hombre cuya tiránica dictadura llevó a su país al desastre, Sadam Huseín, pese a ser prisionero de guerra y estar siendo juzgado, disfruta con la caótica situación en la que está sumido Irak. A estas alturas, su cínica sonrisa y sus aviesas declaraciones resultan todavía más irritantes que el empecinamiento de Bush en seguir en Irak.