LA SEMANA pasada la primavera nos regaló un anticipo. Fue una primicia, un adelanto de los próximos meses, reinaugurando un calor de vísperas, una apoteosis de los sentidos, y el levantamiento hormonal con su alboroto. Ha sido como mirar por un agujero y ver todo el paisaje de la primavera que viene. Y ya llegó, se nota en las sienes y en el olor a ozono de después de la lluvia, en los cortinajes malva de las noches, en la redondez bobalicona de la luna, en los primeros gintónics, y en la prosa de los jueves de Caneiro. Por todo ello y por varios miles de razones semejantes, yo escribo de nuevo sobre la primavera, y me sacudo los fríos y el embozo del invierno, saludo la elasticidad horaria de los días que se alargan. Soy testigo del esplendor en la hierba, y de cómo van travistiéndose los prunos que decoran de violetas las miradas, y cómo el buen dios de las cuatro estaciones barniza una a una todas las hojas nuevas que prende en las ramas de los árboles, y perfuma de aromas frutales esta parte del mundo. Las golondrinas y demás vencejos a punto están de rendir viaje. Vuelven donde solían, al lugar donde nacieron, la primavera es su gsp , el radar que las orienta y que las ubica cabalgando el viento. Ya es primavera en las alergias, en la orgía del polen, en la irritación ocular y en la impertinencia de los estornudos. La primavera se está proclamando como un bosque de banderas izadas en todos los corazones adolescentes, la primavera es el manifiesto floral que escriben los poetas anunciando en sonetos que una vez más el invierno ha sido derrotado. Cada 21 de marzo se muda el escaparate del tiempo. Vendrán, Dios mediante, las lluvias de abril estragando los vestidos de terciopelo de las vírgenes en las procesiones del jueves santo. Las lluvias serenas de mayo que filtran los rayos de sol y los convierten en sutiles cabellos de ángel desparramándose por la espalda de las tardes. Llegarán los días de las noches cortas que desembocan en junio por San Juan, para incendiarse en mil hogueras. Han de venir los primeros calores sorprendiéndonos en el paseo vespertino, y siempre la primavera será una fiesta antigua, inesperada, el cofre de todos los deseos, el estirón del chaval que sale del invierno, la foto fija que perdura guardada en la caja de lata de todos los recuerdos. Dejó ya la primavera un frasco de melancolía en mi alcoba, un frasco que encierra todas las esencias que regresan del país de la mocedad, y al país de la mocedad vuelven. Las fue esparciendo como quien no quiere la cosa, y ascendieron hasta el frágil techo de cristal del desván de la memoria, y entonces supe que la sospecha era certidumbre, y de improviso, después de las alharacas previas, de los signos y las señales, de aquel amago que fue tregua, supe que ya estaba aquí la primavera. ¿No es cierto?