CUANDO el proceso electoral israelí se encuentra en su punto álgido y parte de las campañas de los diferentes partidos políticos judíos se centran en la cuestión palestina, Ehud Olmert, el sucesor de Sharon, siguiendo los efectistas pasos de su mentor, ha asaltado una cárcel palestina para hacerse con seis presuntos terroristas. Sin hacer sonar trompetas para repetir el relato bíblico del derribo de las murallas de Jericó, sino utilizando los medios que el siglo XXI pone a su disposición, Olmert ordenó la carga contra la prisión en la que se custodiaban a varios de los palestinos más odiados por el Estado judío. Aunque no le hacía falta justificación, el Gobierno israelí ha alegado razones de seguridad ante el abandono de la cárcel por los observadores internacionales. Sin embargo, es obvio que, por una parte, el statu quo del presunto asesino del ministro israelí de Turismo en el 2001, Ahmed Saadat, entregado en prenda como parte del acuerdo para levantar el sitio al que estaba sometido Arafat y encarcelado sin juicio, no era algo que pudiera ser asumido y consentido por los judíos y, por otra parte, era preciso dejar claro al nuevo Gobierno de Hamás que Israel no ha bajado la guardia y no contemporizará nunca con ellos. Lo que es más, está advirtiendo al Gobierno palestino en ciernes que está plenamente dispuesto a atacar ante el más mínimo indicio de agresión. La sarta de desatinos que ha desembocado en esta penosa situación es de tal calibre que uno se pregunta cuánto tardará en encenderse la mecha que haga estallar de forma generalizada el polvorín de Oriente Medio.