TENGO su obra A sangre fría por una de las mejores novelas de todos los tempos, comparable a Crimen y castigo de Dostoievski. Sin embargo, siempre sospeché que no me gustaría contar a su autor entre mis amigos. Y en esta idea me reafirmó la película Truman Capote , por la que mereció un Oscar su protagonista, Philip Seymour Hoffman. En una ocasión me dijo Gonzalo Torrente Ballester que era mucho mejor leer la obra de un autor sin conocerlo personalmente. «Cuando nos gusta una novela y luego conocemos a quien la escribió, casi nunca nos parece que éste esté a la altura de aquélla». Curiosamente, Torrente Ballester era un prototipo de lo contrario. Como dijo Carmen Martín Gaite, «sólo había algo mejor que leerlo: escucharlo». Con el Truman Capote fílmico me sucedió lo contrario. No es fácil explicar cómo un talento literario tan grande como el suyo pueda manifestarse tan egocéntrico, hasta reducir al personaje a una simple expresión de vanidad y narcisismo. Sé que tuvo una infancia cruel, huérfana de cariño y ayuna de amistades. Y seguro que por eso fue un gran escritor. Pero, si tengo que quedarme con un fantasmón caprichoso, elijo a Tom Wolfe. Aunque siga prefiriendo A sangre fría .