La amenaza de contaminación radiactiva creada por el accidente de un bombardero estadounidense dotado de armamento nuclear colocó al régimen de Franco en la embarazosa situación de no saber muy bien qué decir a los españoles ni qué hacer ante el amigo americano. El entonces ministro de Información, Manuel Fraga, decidió darse un baño.
07 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Las bombas no se hacen para que se caigan, ni tienen vocación de desprendimiento. Las bombas se hacen para tirarlas, para tirarlas a dar. Y para eso estaban en el vientre de aquel bombardero B-52 en su vuelo de rutina alrededor del enemigo soviético. El problema se presentó al regresar de esa rutina, cuando el bombardero tuvo que repostar en vuelo, a diez mil metros sobre la perpendicular de Palomares, en la costa de Almería. La operación salió mal y el bombardero se hizo pedazos al chocar con su avión nodriza. Sus cuatro bombas H de 1,5 megatones se hundieron en el mar Mediterráneo. El riesgo era que su impacto contra el fondo agrietara y rompiera sus carcasas, dando así paso a un escape de uranio y plutonio, una radiación mortal. El peligro no era que estallaran, pues no se habían tirado y, por lo tanto, no estaban cebadas. Pero se habían caído y podían haber reventado donde no debían. El peligro de una bomba caída y abierta como un melón radica en la contaminación que irradie. Es casi una metáfora. Las bombas podían haber caído en el Mediterráneo italiano, aguas del PCI y de la democracia cristiana, o en las mareas de Francia, perfectamente gaullistas. Puestas a caer, podían haber dado en aguas de la OTAN, en vez de ir a dar en las aguas de Franco. En cualquiera de esos países, los amenazados por la contaminación habrían puesto el grito en el cielo. Aquí, en el país de Franco, donde los únicos gritos permitidos eran los rituales, lo único que cabía ?y cabía muy poco? era administrar la contaminación, fuera la que fuese. Fraga estaba dispuesto a ser la metáfora más simpática del franquismo, o quizá la única metáfora de un régimen en el que, de puertas adentro, cada cual se buscaba la vida y el modo de asegurarse un porvenir. Esa era la única normalidad de aquello. Y en aquel tiempo Fraga estaba emparedado entre un ministro como José Solís, la sonrisa del Régimen, puesto a hacer la vista gorda ante el entrismo de Comisiones Obreras en los sindicatos verticales, y Camilo Alonso Vega, en Gobernación, un hombre que en aquella misma época podía informar a Franco de que este o aquel asunto o conflicto se había resuelto «sin bajas por ninguna de las partes». Puesto en semejante pinza y con menos apoyos de los que ahora sería tan fácil como erróneo imaginar, Fraga decidió afrontar aquella contaminación demostrando lo que sabía de sobra por su experiencia con Franco: que irle de frente a la fiera puede ser un augurio de longevidad si uno mide sus palabras y controla el aspaviento. Él era ministro de Información, así que decidió convertirse en el órgano de propaganda de sí mismo. Casi en cueros, tapado tan sólo por un pantalón Meyba de baño absolutamente horrendo, se metió en aquellas aguas y salió tan campante. Las aguas estaban limpias de polvo y paja, sin riesgo de radiactividad alguna. Lo acababa de demostrar un ministro en calzoncillos, algo nunca visto hasta entonces, y nada imitado luego. Hay que añadir que se llevó consigo al embajador de los Estados Unidos en España, Anger Biddle Duke, y pareció hacerlo como si se lo hubiera llevado de las orejas, cosa que causó gran impresión en un régimen que adoraba ese tipo de componendas, y podía ser tan duro como pazguato.