IGNORO si en el Cord Blood Registry, en Arizona, ya habrán aprendido a diferenciar la sangre roja del común de los mortales y la sangre azul, que ha saltado de los cuentos fantásticos a la vida real, y parece diferente. He visto a la ministra de Sanidad en la televisión, cuando se quería hacer la gallega tópica que no se sabe si sube o baja la escalera, al preguntarle sobre el envío de células madre del cordón umbilical de la infanta Leonor a aquel establecimiento. Dijo varias veces que ella de familias no hablaba, pero también añadió que no opinaba de cuestiones relativas a la familia real. Parece que era ésta la familia que le interesaba preservar especialmente. Es difícil determinar dónde deben empezar y hasta dónde llegar los privilegios de los parientes del Rey. Estoy entre los que echan de menos, hace mucho tiempo, un estatuto que fije límites a su actuación. En un instrumento de tal naturaleza, por pormenorizado que fuera, evidentemente no figuraría el asunto que nos ocupa. Pero hay una pauta simple, y es que los inquilinos de la Zarzuela no pudieran hacer cosas que al común de los españoles nos está vedado, salvadas las lógicas exigencias del protocolo. La decisión de los príncipes es humanamente comprensible, dado que cualquier padre querría disponer de medios para atender a un hijo en eventuales enfermedades de riesgo, que éste es el caso. Social y políticamente es bien distinto el asunto. En una cuestión delicada como es ésta, bastante es que las mujeres de la Zarzuela, en lugar de tener la sensibilidad de parir en la Seguridad Social, lo hagan en una clínica elitista. Más allá de esto, ir contra la norma de este país, donde el destino de esas células son bancos públicos, en los que se respeta la confidencialidad del donante y del beneficiario, parece una imprudencia. Seguir una vía, la de crionizar para uso propio en un centro privado, algo que la legislación española no contempla, parece añadirle falta de tacto al caso. Lamentable error de una familia que tantas veces acierta.