DETESTO el cava y me alegraría que los accionistas de Endesa no vendiesen sus participaciones a Gas Natural. En el primer caso no es por catalanofobia, ya que tampoco soporto la arrogancia gabacha y sin embargo bebo champán a mazo y a morro. Pero en lo que concierne a la opa sí doy rienda suelta al cabreo que me provoca el catalanismo de palillo en la comisura de la boca. La lista de agravios que podemos esgrimir los españoles ante el catalanismo militante -los catalanes son otra cosa- es tan conocida que no deseo infligir al lector la afronta de contarle lo obvio. Tanta prepotencia nacionalista, tanto abuso, tanto descaro, tanta manipulación, tanto desprecio de las más elementales formas de convivencia democrática, tanto desdén hacia España, sólo pueden generar simétricos sentimientos de rechazo y deseo de venganza. Sí, quiero vengarme de quienes prefieren pertenecer a la francofonía que a la hispanidad y quiero vengarme de tener que soportar que un ministro de España actúe como virrey en Madrid de una nación extranjera. Y quiero al mismo tiempo vengarme, opa fracasada de Gas Natural mediante, de un presidente del Gobierno que al jugar de conseguidor del catalanismo nos deja quedar mal en el extranjero y en España nos aherroja frente a los tahúres de palillo en boca. No obstante, sabedores de que el catalanismo por sí mismo es un tigre de papel que al primer soplo bien dirigido saldría volando, es lógico preguntarse: ¿de dónde proviene esa sumisión gubernamental al catalanismo (y a ETA, añadiría alguno)? Hay dos teorías de corte conspiratorio, si bien la que goza de mi preferencia resulta difícil de demostrar, aun siendo la que suministra la explicación más decisiva ante los hechos. Y los hechos son que el catalanismo y el nacionalismo vasco consiguen cuanto se proponen, descontando aquéllo que de antemano saben que en el corto plazo no pueden obtener por las reacciones extremosas y la desestabilización política que podría desencadenar. La primera de estas teorías atribuye a ETA capacidad de chantajear al Gobierno amenazándolo con revelar lo que sabe respecto al 11-M. Este chantaje consistiría en obligarle a que conceda a Cataluña un nivel autonómico propio de un Estado confederal para, llegado el momento, obtener por elevación algo más para el País Vasco, incluyendo el armisticio con ETA, previo paso al derecho a la autodeterminación. Sin entrar a discutirla, esta teoría no me convence en lo que concierne a ETA, pero en el resto es bastante sólida. El segundo modelo explicativo, que valoro mucho, es bastante sencillo, y ya se insinuó en más de una ocasión: es probable que Maragall tenga en su poder informaciones personales, altamente comprometedoras, del who's who del PSOE. Todo el mundo recuerda que Narcís Serra, alter ego de Maragall, en las etapas ministerial y vicepresidencial utilizó a destajo los servicios secretos. Al parecer, ordenó espiar incluso a Felipe González y al mismísimo Rey. Así se explicaría por qué en el PSOE no se mueve ni una hoja, con la que está cayendo. Es decir, el rechazo que ministros y prestigiados socialistas manifiestan públicamente frente al catalanismo no sería mas que el guión -convención teatralizada de boquilla, para despistar al personal- de una impostada escenificación cuyo desenlace se conoce de antemano. Esto es: ¿por qué Bono e Ibarra, al llegar el momento de la verdad, se esfuman ante el arrogante Maragall, y Solbes ante el crecido Montilla? Insisto, ¿por qué?