QUIEN no conozca a Putin podría pensar, a raíz de su estancia en Madrid, que es un demócrata intachable, dispuesto a luchar contra el terrorismo, con un respeto escrupuloso a los derechos humanos. Así, por lo menos, lo ha dejado escrito en una declaración conjunta con Zapatero. Pero la realidad es bien distinta: las violaciones de los derechos humanos en Rusia son constantes, tal y como denuncian de forma admirable las organizaciones humanitarias. En Chechenia, el Ejército ruso impone su salvaje «ley» a sangre y fuego, contra terroristas y población civil. Mientras, Putin aumenta su férreo control sobre la población, reduce la libertad de expresión y hostiga a los opositores. Como mandan los cánones diplomáticos, ni Zapatero ni el Rey se lo han afeado, pero es la realidad.