¿DE QUÉ hablamos cuando hablamos del derecho a la libertad de expresión? ¿Hablamos de una libertad que, como en principio todas, alcanza hasta la libertad del otro y ahí termina y se disipa como por arte de magia, o como si dibujara así las líneas gruesas o finas, rectas o torcidas de una geopolítica del espíritu, una antropología de la razón, de sus contrapesos y vasos comunicantes? ¿Hablamos de una expresión extravertida y lejana, naturalmente, al silencio, que transforma sus coincidencias en ruido y disipa la distinción entre la voz y el eco? Si el planteamiento de esas preguntas, y toda la hipotética gama de sus respuestas posibles, arroja alguna luz sobre aquello de lo que hablamos cuando hablamos de ese derecho en concreto, entonces ese derecho no es otro que el derecho a la equivocación, el derecho del ser humano a equivocarse. No tiene que ver con la verdad y el acierto de lo que se atine a expresar, sino, precisamente, con todo lo contrario, es decir, con el error. Por eso es el derecho más adecuado para la preservación del individuo en una especie como la humana, tan propensa a meter la pata. Dicho de otro modo: ese derecho del que, al parecer, hablamos, no defiende la verdad, ni es la verdad lo que más directamente le preocupa. Le preocupa el error, y esa preocupación es la base de lo que defiende. Por eso es un derecho laico. Porque no tiene que ver con la verdad, tan inasequible y huidiza para la especie humana en la mayoría de las ocasiones, sino con el error, que es el caldo de cultivo y el medio ambiente de esa especie. La relación de ese derecho con el error forma parte, por otro lado, de ese mecanismo que sirve al instinto de supervivencia y le indica lo apropiado y oportuno de salir del error en el que, con todo derecho, se ha incurrido. Al igual que aquél es el derecho a meter la pata, éste es el deber que uno tiene de sacarla. Meterla no produce desdoro, o el que produce es muy poco. Pero empeñarse en no sacarla es decidir vivir en el error, decisión muy poco laica, por cierto. De manera que cuanto menos rato la mantengamos metida en el asunto de las viñetas, mejor. A menos que decidamos hacer con nuestra opinión lo que no nos gusta que nos hagan con sus creencias.