ES TRANQUILIZANTE que Artur Mas se apresure a asegurar que el nuevo Estatuto no pondrá fin a sus reivindicaciones, ¡faltaría más!, aunque garantiza que seguirá vigente al menos dos legislaturas más. ¿Tanto? Porque, ¿se imaginan ustedes lo que sería nuestro futuro sin estas maratonianas y somníferas sesiones sobre el ser y estar de Cataluña en una España en permanente mutación? ¿A qué dedicaríamos el tiempo libre sin esos fantásticos acuerdos que, nada más producirse, nos garantizan futuros desacuerdos y apasionantes confrontaciones? No, no viviremos en el santo temor a que todo se haya arreglado de una vez por todas. «Lo digo para no engañar a nadie», advirtió Artur Mas. Y sólo nos queda agradecerle tal franqueza, que, en esto, coincide con la de Carod y otros cuantos francos más. De modo que todo el esfuerzo que se ha hecho tiene, como los alimentos, fecha de caducidad. Que nada definitivo nos aherroje, que todo sea provisional como la vida misma. Un nuevo Estatuto de usar y tirar: hoy uno, mañana otro, y así seguido, para no aburrirnos. Y siempre, según Mas, implicando «cambios que afectan a las estructuras del Estado». Por modernizar, claro. Todo menos que caduquen las reivindicaciones. ¿Una pesadilla o puro realismo mágico?