EL 8 DE ESTE MES se celebrará en Vilagarcía de Arousa la manifestación Paños blancos contra la droga, para sensibilizar a la sociedad sobre la gravedad intrínseca, la devastadora difusión y las trágicas consecuencias de la droga, fruto y causa de una creciente desintegración social, siendo una de las principales amenazas que afrontan los jóvenes, incluidos los niños. Son diferentes las causas que están latentes en este fenómeno. Algunos consideran la droga como una forma de expresión de la libertad personal. Otros la ven como un camino indefinido en la búsqueda del placer en paraísos artificiales. Otros la consideran como una válvula de escape del sufrimiento, de la soledad y del aislamiento. El escepticismo y el hedonismo, que conducen a sentimientos de frustración, sirven de coartada para la decisión de tomar drogas y ofrecen un clima favorable para los traficantes, a los que Juan Pablo II calificó como «mercaderes de la muerte». En todo caso, esta realidad es un motivo de seria y crítica reflexión en que debe estar implicada toda la sociedad. Tal vez un creciente número de personas están yendo hacia las drogas porque el estilo de la vida actual los deja insatisfechos y angustiados por su futuro, pero hay que tomar conciencia de que esta actitud tiene como consecuencia que el consumidor de drogas entra en conflicto con la realidad de la vida de cada día y sus obligaciones. Con las drogas se deja de lado el uso de nuestras capacidades de inteligencia y voluntad, que deben regular nuestras vidas. Es un serio error pensar que nuestros deseos de paz, felicidad y satisfacción personal se colmarán automáticamente al tomar algún tipo de cóctel químico. Todos los esfuerzos serán pocos a la hora de llamar la atención a los potenciales consumidores de drogas contra el uso de sustancias que ofrecen la ilusión de la libertad y falsas promesas de felicidad. Consumir drogas, afirmó el papa Juan Pablo II, siempre es ilícito porque implica una abdicación injustificada e irracional de nuestra capacidad de pensar, escoger y actuar como personas. No daña sólo la salud sino también frustra la capacidad de vivir en comunidad y de ofrecer las propias posibilidades a los demás. Nunca se tiene derecho a abdicar de la dignidad personal que Dios nos ha dado. Proteger a la sociedad y a los individuos de este grave peligro es un deber indeclinable para quienes tienen la autoridad pública. Es necesario prevenir, suprimir el tráfico de drogas y ayudar a la rehabilitación de los drogadictos, en la que la Iglesia acredita una larga experiencia. La prevención debe llevarse a cabo ofreciendo a las víctimas potenciales de las drogas los valores humanos del amor y la vida, iluminados por la fe. En este compromiso es imprescindible la responsabilidad de la familia a la hora de dar a los hijos la educación adecuada. También las parroquias han de jugar un papel importante, al promover un estilo de vida fundamentado en los valores evangélicos y en la relación con Dios. En esta encrucijada la aportación de la Iglesia es complementaria a las respuestas de los diferentes protagonistas implicados en este ámbito, ofreciendo un itinerario de liberación que lleva al descubrimiento de la propia dignidad humana. Muchas son las acciones necesarias para una lucha eficaz contra la droga, pero hay una fundamental sin la cual el objetivo no será alcanzado: recuperar con toda fuerza la confianza en el valor trascendente e irrepetible de la persona y de su responsabilidad respecto a la libre realización de sí misma. El próximo miércoles 8 a las 12.00 h, las campanas de nuestras iglesias se harán portavoces de que es posible una sociedad nueva liberada de la esclavitud de esta cultura de muerte de la que forma parte la droga. La Iglesia sabe que el hombre es el camino que tiene que recorrer y que nada que le afecte puede serle ajeno. Y en este compromiso estamos.