CUANDO crucé Tierra de Campos hacía menos cinco grados y estaba amaneciendo. La tierra aparecía nevada, primero, y un poco después, simplemente helada. Tuve que parar para limpiar a mano el parabrisas mientras en el horizonte iban naciendo los rojos, poco a poco, como si no hubieran existido antes. El sol, tapado por la niebla, era apenas una mancha anaranjada en las lindes de un cielo de muchos azules, rayado por nubes blancas de formas estilizadas pero insensatas, que no llegaban a dibujar ninguna figura reconocible. Luego desapareció todo en la niebla y ya no pude ver nada hasta Pamplona. Iba a una tesis doctoral sobre Hannah Arendt. La doctoranda había recogido algunos aforismos de la pensadora en la contraportada del trabajo: «La pluralidad es la ley de la tierra, la paradójica pluralidad de los seres únicos», «el error es el precio que se paga por la verdad», «el único amor que conozco y en el que creo es el amor a las personas», «un sentimiento revuelto es como un puñal que se revuelve en el corazón», «al final de nuestra vida sólo es verdadero aquello a lo que hemos sido fieles», y otros muchos. No supe decidirme por uno de ellos para glosarlo en esta columna. pacosanchez@lavoz.es