TOCÓ en la corte ante reinas y arzobispos. Jugó con María Antonieta, a la que guillotinarían. Fue exhibido como un mono sabio cuando era un infante. A los tres años ya daba la nota. Aún se interpretan cinco pequeñas piezas para piano que escribió a los seis años. Goethe dijo que era la prueba de que Dios existe y, a veces, nos envía señales a través de arcángeles. Tuvo encima el duro pie de su padre. Las deudas le asfixiaron. Fracasó en el amor. Se casó con la hermana pequeña de su enamorada y tuvieron seis hijos. Sólo dos sobrevivieron. Escribió más de 600 obras. Murió con 35 años. Dicen que de una dolencia renal. La leyenda de que Salieri lo envenenó es una leyenda. La venganza llegó en los Oscar del 84 cuando Murray Abraham fue premiado como Salieri por delante de Tom Hulce, que hacía de Amadeus. Su última obra fue un Réquiem . Lo dictaba, febril, desde el potro de la cama. No lo pudo terminar. Al príncipe de la música lo enterraron como perro con sarna en una fosa sin lápida y casi sin compañía. Hoy le encienden velas en medio mundo. En el cielo estrellado de van Gogh sólo creyó su hermano Theo. La música de Mozart es magia que vuela. Lo puro es invisible. El alma arde en sus notas. cesar.casal@lavoz.es