EL ESTATUT de Cataluña no es una catástrofe nacional. Sólo es un texto amalgamado y poco meditado que, por el hecho de rendirse a las exigencias de la bilateralidad, modifica la posición de las restantes autonomías. Por eso es discutible. Y por eso me extraña que, en vez de haber cuestionado su modelo financiero, nos hayamos rendido al embeleso de una autosuficiencia fiscal que queda muy lejos de nuestras posibilidades. Más allá del pacto alcanzado por Artur Mas y Rodríguez Zapatero, al Estatut de Cataluña aún le resta un largo camino parlamentario, que, si tiene la oposición de ERC, y si se rompe la unanimidad que aislaba al PP, aún puede resultar largo y lleno de sorpresas. En esa circunstancia siguen teniendo sentido las objeciones que tratan de corregir el texto y sus efectos, o que abogan, simplemente, por su retirada. Pero en modo alguno conviene caer en un derrotismo estéril que, lejos de darle oportunidades al debate parlamentario, produce el enroque de millones de ciudadanos en favor del Estatut. Por eso conviene denunciar tres graves errores que emponzoñan el debate. La primera posición estéril es el maximalismo del PP, que oponiendo nacionalismo contra nacionalismo, historia contra historia y lengua contra lengua, pretende presentar el Estatut como un diluvio universal, o como el antes y el después de toda la historia de España. Nuestro país es mucho más que un tinglado artificioso al borde del abismo, y no tiene sentido tirar por elevación, con ribetes de trascendencia, contra todos los problemas y discrepancias que surgen a diario en el amplio campo de la gobernación. El segundo error lo acaba de protagonizar el Consejo General del Poder Judicial, que metiéndose donde nadie le llama, e insistiendo en la estúpida manía de analizar los textos legales en fase de enmienda y debate, no hace más que desprestigiarse como órgano de control, añadir leña a un incendio intencionado, y llenar de confusión a la gente que cree que este tipo de órganos sólo busca el buen orden de las leyes, en vez de arrimar el ascua a la sardina de los que los pusieron en la poltrona. Y el tercero de los errores es el de desviar la discusión desde el Parlamento a la calle, proponiendo manifestaciones, llamando a referéndum y provocando un ambiente de excepción que no debemos aceptar. Nunca he ocultado mis reticencias con un Estatut que me parece técnicamente malo y que tiende a arrastrar el debate de Galicia hacia un punto en el que no tenemos margen de maniobra. Pero si seguimos así, montando cirios y quemando alternativas, me temo que voy a acabar defendiendo el pacto entre Mas y Zapatero. Porque sólo ellos están haciendo política verdadera.