22 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

FUE ayer mismo, al releer un estudio de la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA) del 2004, cuando encontré una explicación para la especulación inmobiliaria que devora nuestras costas. Porque, según AEMA, la península Ibérica será casi un desierto en el 2080 y Galicia se habrá convertido en un paraíso tropical, con la palmera elevada al rango de nuestro árbol típico, por encima del carballo y el castaño. ¿Es de creer? Los que van a hacer tantas casas y quienes las van a comprar se diría que están seguros -¿a quién le amarga un paraíso?-. Pero la situación es dramática. Y más si se advierte que, según el informe Impact of climate change in Europe, nuestra Península será la más afectada por los impactos del cambio climático. Es decir, por el aire irrespirable, por los ríos que se secan, por las cosechas que menguan, por los hielos que se derriten y suben el nivel del mar, por las playas que se extinguen y por las alergias y nuevas enfermedades que se disparan... Entiendo que las personas previsoras miren con recelo el futuro. Porque lo de verdad urgente es «parar esto cuanto antes», como dijo la ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona. ¡Que Dios la escuche! Y, si no lo hace, que nos coja confesados... a la sombra de una palmera fisterrana.