EL INVIERNO está resultando duro. Como casi siempre. Las bajas temperaturas, los cuarenta grados bajo cero que sufren los moscovitas golpean con crueldad a pobres y mendigos, a desamparados y vagabundos, a niños abandonados -en Moscú hay varios miles viviendo en la calle-, y ancianos. Los muertos a causa del frío se cuentan por decenas en la capital rusa. Y si el invierno derrotó a los ejércitos de Napoleón y a la poderosa maquinaria bélica de Hitler, está golpeando sin piedad a la famélica legión de los excluidos, los sin techo , los hombres y mujeres que se alían con el vodka y que encienden hogueras para combatir la larga noche helada. Cuando se desmanteló el sistema soviético, millones de rusos se quedaron a la intemperie. Al comunismo totalitario le sucedió un capitalismo inmisericorde y depredador que exterminó la protección social y quebró las varillas del paraguas estatal que administraba la pobreza. Ahora en la antigua URSS existe una minoría inmensamente rica y el país real, desprotegido y sin esperanza, muriéndose de frío y de hambre. Es el genocidio de la pobreza. Pobreza, en evocación directa al lema que define la nobleza, obliga. Nos obliga a los ciudadanos de los países democráticos y económicamente estables a ejercer todas las acepciones de la solidaridad desde la coherencia, a combatir por una causa noble que no es otra que la misma que vertebró el eje básico de la civilización. Cuando nos demos cuenta de que somos un solo pueblo, una única raza, la humana, y que humanidad no es una palabra vacía ni un concepto obsoleto, podremos corregir la deriva que marca la senda de la exclusión. La vieja Europa debe rejuvenecer sus políticas sociales. Todos los pobres son nuestros pobres, estamos perdidos en sus miradas de pánico e indefensión. El lema No future es mucho más que una frase y habrá que inventar un sistema que impida apalear a mendigos para fotografiarlos con el teléfono móvil, que frene la marea negra de la intolerancia, la xenofobia y el fanatismo, que destierre las amenazas fascistas y nos instale nuevamente en la reivindicación utópica y acaso irreal de una nueva sociedad basada en los principios de la Ilustración. Pobreza obliga a movilizarnos, a llamar con insistencia a todas las puertas, a hacernos oír aunque no nos escuchen, a reclamar legítimos derechos que nadie debe expoliar. Pobreza obliga a reiterar una y mil veces las tesis que sustentan la democracia y los Estados modernos, obliga a posicionarnos como en una bienaventuranza al lado de los que menos tienen, de los débiles, de los enfermos, de los niños y de los ancianos, de los que padecen el frío y el hambre y tienen todas las estrellas de la noche como único techo. Seguiré insistiendo.