ACABARON su consumición y salieron justo pegadas a mi mesa. La niña me miró y le hice un gesto con la mano, como si quisiera arañarle la cara. La pequeña agarró mi mano y la apartó con fuerza, divertida. La madre, o lo que fuera, le riñó o la felicitó en un idioma que parecía un dialecto portugués. Estaba de espaldas a la puerta y supuse que se habrían ido. Pero un minuto o dos más tarde había unas manitas tirándome del brazo derecho: «¡Payo!, ¡payo!». Tiene la cara redonda y mofletes de pepona. No ha cumplido cinco años y habla sólo regular, quizá porque trampea por el castellano. El único rasgo de su raza es el pelo negro, atizonado, mal recogido con gomas en una cola de caballo corta y baja. De hecho, se pasa la vida separando de los ojos algunos mechones sueltos. Insiste: «¡Payo!, ¡payo!». Me río y le digo que no me llamo Payo sino Paco, y me mira algo extrañada, como si no tuviera sentido. Luego extiende los brazos y abre las manos. Lleva una moneda de veinte céntimos en cada una. Me las da. «Para ti», dice toda seria. Definitivamente, este mundo se está volviendo tan loco que una gitanilla me da limosna y, por si la rareza fuera poca, yo ni me atrevo a darle un beso. josefranciscosanchez@lavoz.es