La soledad del ganador unánime

OPINIÓN

¿CUÁNTOS de los actuales jefes de Gobierno parlamentarios europeos lo serían si sus partidos hubieran tenido que ganar con mayoría absoluta de escaños las elecciones generales? Pues la verdad es que muy pocos. ¿Por qué? Es fácil: porque con sistemas de partidos muy competitivos y con sistemas electorales muy proporcionales, las mayorías absolutas de escaños suelen ser la excepción y no la regla. Así lo demostraron, sin ir más lejos, las últimas autonómicas gallegas. El PP obtuvo en ellas una ventaja sustancial sobre sus competidores considerados por separado (12 puntos sobre el PSdeG y 26 puntos sobre el Bloque), pero su 45,2 por ciento de los votos, que supera la cota habitual de la mayor parte de los partidos que gobiernan en los países de la Unión, no sirvieron frente a la suma de sus dos competidores. Y ello pese a contar con la ventaja de la sobrerrepresentación electoral de Ourense y Lugo, sobrerrepresentación que la nueva mayoría ha prometido eliminar. Esa es, por encima de otras muchas que sin duda irán surgiendo en el camino, la gran dificultad con la que el flamante líder del PP gallego tendrá que enfrentarse desde ya: la de un sistema de partidos que lo obliga a ganar con una ventaja electoral lo suficientemente amplia como para asegurarle a su partido el apoyo parlamentario de la mayoría absoluta de la Cámara autonómica. Y es que, contra lo que suele repetirse, son las características objetivas del sistema gallego de partidos, y no la falta de habilidad del PP para buscarse posibles aliados, las que han venido determinando en Galicia su posición de soledad. De hecho, pese a sus grandes diferencias estratégicas, el PSdeG y el BNG comparten algo sustancial: que ni uno ni otro han podido hasta el presente dirigirse a sus respectivos electores prometiendo una futura coalición de gobierno con los populares de Galicia. Es justamente ese panorama el que convierte en decisiva para todos la marcha de la experiencia del bipartito entre el PSdeG y el BNG. Y ello no sólo porque si esa fórmula funcionara razonablemente bien sería muy difícil que el PP se acercase a la mayoría que necesita para obtener los 38 escaños en el Hórreo que le aseguran el control de la Xunta de Galicia. Es que, además, si el bipartito se estrellara -lo que podría ocurrir de no resolverse con urgencia los problemas de trabar en uno solo los dos gobiernos autonómicos que hoy existen en Galicia- la coalición BNG-PSdeG pasaría a ser imposible, lo que dejaría a Núñez Feijoo el paso franco para llegar a la Xunta aun sin contar con esa mayoría absoluta que, a día de hoy, es para él un obstáculo insalvable.