CUANDO Xesús Palmou pide a los barones del PP gallego que respeten las decisiones de las bases, no está haciendo un ejercicio de retórica. Como cuando Núñez Feijoo dice que lo urgente es cohesionar y apuntalar el partido. Ni uno ni otro están perdiendo el tiempo con cuestiones innecesarias. Cuando Palmou, Feijoo y otros muchos dirigentes, militantes y simpatizantes hablan de disipar las sombras que pudieran cernirse sobre este nuevo PP de Galicia, están haciendo una declaración de voluntades ante lo que se les puede venir encima. Parece mentira, pero la renovación que los populares gallegos acaban de realizar, con ser ejemplar, no es suficiente para borrar las sospechas de que la travesía puede no ser nada fácil. Han sido tantos años de «aquí decido yo», de «nadie ha de decirme lo que tengo que hacer», de «la decisión es mía» y de «o se hace lo que digo o me voy», que ahora no es tan sencillo asumir que todo vaya a ser un camino de rosas. Decía don Ramón María del Valle-Inclán que las cosas no son como las vemos, sino como las recordamos. Y eso es lo que les ocurre ahora mismo a muchos populares gallegos. Que no es cómo ven el partido a día de hoy, que lo ven bien, sino cómo lo recuerdan. Y lo recuerdan con luchas sibilinas, trifulcas, amenazas y escacharramientos permanentes. Lo recuerdan con descalificaciones y chantajes. Lo recuerdan con gladiadores dispuestos a no envejecer en las gradas de la pasividad y con reyezuelos provinciales que han estado hasta anteayer vilipendiando al nuevo presidente. Tal y como se están poniendo las cosas, Galicia necesita que el PP se dedique a lo que se tiene que dedicar. A hacer oposición. Pero la experiencia nos dice que, después de tantos años de actitudes incontroladas, no va a ser fácil para Alberto Núñez Feijoo y sus compañeros conseguir que hagan el camino todos xuntos .