Hace cuatro años y pico, cuando el euro estaba a punto de entrar en nuestras vidas, muchos decían: «A esto, en cuatro días, nadie lo llama euro. Ya saldrán cincuenta mil palabras para definir a las monedas y a los billetes». Pero fue que no. Cuatro años y pico después, el euro se llama euro (lo más osado que he oído como sinónimo es eipo , por la forma que se intuye en las letras griegas) y quien más quien menos hace sus cálculos en pesetillas. Nos hacemos una idea en euros de cuánto cuesta la barra de pan, pero somos incapaces de traducir el precio de un piso a la aburrida divisa común. Así que no nos fiamos del todo, y mucho menos para usar nombres que podían llevar a confusión. Los euros no nos son simpáticos, está clarísimo. Un verde no es un billete de cien euros, ni un pepino , ni una lechuga ni ningún otro término que sintonice con el color del papel. Esas definiciones han quedado, de momento, vinculadas al malogrado billete de mil pesetas, el talego , el napo , el billete por excelencia. Será porque los billetes verdes ahora los tocamos menos. Pero los azules tampoco han tenido éxito en la inventiva popular, ni los de 50. Y de los de 200 y de los 500 no digamos nada. Es posible que los que se dedican al dinero negro les hayan encontrado un nombre, pero lo desconozco. Así que los euros no sólo nos han robado parte de nuestro nivel adquisitivo, sino que también han bloqueado nuestro sentido del humor. Esto está fatal.