POCAS cosas son tan aleccionadoras como un partido de fútbol en un bar. ¿Parece frívolo? No crea. La clave, claro, no está en la tele. Ni en el crack de turno. Qué va. El meollo está en la barra. En las mesas. En el paisanaje. Pruebe. Si es capaz de sustraerse de la nebulosa colectiva, será testigo de fenómenos espectaculares. Tiene que seleccionar un choque de nivel y un establecimiento añejo. De los de tradición futbolera. De los que tienen bufandas y banderas. A partir de ahí sólo debe esperar a que suene el silbato del árbitro. Cuando pite, se acabó lo que se daba. Comprobará que todas las conversaciones en curso (que si paro, que si ley antitabaco, que si el Estatut...) mueren de infarto. Manda el balón. Nada más. Verá a gentes que se exaltan. Alaridos. Tacos. Rostros congestionados. Caras mutantes. Hombres y mujeres adultos que saltan en las sillas y exclaman «¡Huyyyyyy!». Roedores de uñas. Y de pipas. Tics nerviosos... Un mundo paralelo que culmina con el gol. El santo gol. Que resucita a unos y hunde a otros. Que provoca llantos. Abrazos. Besos. Baile y cerrada ovación. ¿Y no resulta todo esto aleccionador? ¿No demuestra lo del pan y el circo? ¿No revela lo sencillo que es distraernos? Le guste el fútbol o no. Que el balón, como diría Valdano, es sólo una metáfora de la vida. Pero hay muchas más. Y mucho fenómeno que las aprovecha para que, al final, el golazo nos lo traguemos todos. Y sin jugar.