CADA año escucho más improperios sobre las fiestas del Nadal. Se incrementa el número de detractores navideños que se lamentan antes, durante y después de celebrada la romería interminable de las conmemoraciones que concluyen el día de Reyes. En realidad quienes más se quejan son los que participan de enchentes, los que hacen de la mesa no una fiesta sino un botín gastronómico y no dudan en celebrar el nuevo año con todas las eses del mensaje de los móviles que pone especial énfasis en sentolas, sigalas y sanburiñas. Aunque a fuer de ser sinceros las navidades son una pasada, un Ramadán inverso que dura más de un mes, una cuarentena para epicúreos y lambones con el pretexto de conmemorar desde hace dos mil años el Nacimiento de Jesús. A juzgar por el nivel rumboso de las Navidades, más bien el nacimiento viene aparejado al bautizo, la comunión e incluso la boda. Los millones de botellas de cava y champán que se descorchan -y se beben- en estas fechas ratifican mi tesis. Pero ya pasó todo y los enemigos declarados de las Nochebuenas y Nocheviejas pueden quedarse tranquilos durante los próximos once meses. Se marcharon los Reyes a su fábrica de sueños, se fueron por el camino que llegaron. Melchor guardó su Visa oro, Gaspar su manojo de euros y Baltasar no pudo blanquear todo su dinero. Con respecto al intruso Papá Noel, este año omnipresente en balcones y galerías de toda Galicia en versión bazar chino, todo a cien, hay noticia que regresó a pastorear renos a los países del frío que están en el mapa justo donde termina el horizonte. Las ciudades descuelgan sus guirnaldas de luz, y los abetos enanos tienen un complicado reciclado, poblando los bosques temáticos de la Navidad Ya pasó todo y aguardamos la legendaria cuesta de enero, que este año va a durar un trimestre; entramos en el ayuno y la abstinencia como si se adelantara la cuaresma, haremos homenajes a la cocina quevediana del Buscón don Pablos, con caldos viudos y garbanzos huérfanos, que esto no hay quien lo arregle ni fórmula que lo remedie. La fiesta desaparece, se escabulle con enero para reiniciarse cuando concluya febrero y lleguen los carnavales, que en Galicia tienen mucho predicamento. Mientras tanto, moderación y austeridad, buenos propósitos para comenzar la dieta pospuesta, para caminar más, porque el fumar se va a acabar y ya esta agónico el tabaco colgado del árbol de los frutos prohibidos. A mí, qué quieren que les diga, me gusta la Navidad, debo de pertenecer a la tribu de hojalata de los bobos solemnes que habitamos ese territorio antiguo que asegura que cada día tiene su afán. Únicamente rechazo la programación televisiva de estos días, en especial los programas de fin de año, cuando la noche pone ailalelos y los enumera en un Luar especial y antropológico exhumado de una prehistoria que estimaba, en mi ingenuidad, que había, cuando menos, caducado. Fue la primera postal gallega del año, la campanada número trece en versión etnográfica. No tenemos remedio, pero descuiden que ya pasó todo.