LOS PATRIOTAS van a recibir esta noche el año nuevo brindando con champán francés. Debe de ser porque entienden que Cataluña no es española y quieren hacerle la puñeta a las bodegas catalanas. Los desleales y antipatriotas vamos a recibir el 2006 con cava catalán. Porque queremos que la economía catalana vaya para arriba para que también vaya la española. Es una incongruencia, pero es así. A los patriotas les preocupan los franceses y a los infieles nos duele Cataluña porque nos duele España. Pero tampoco hay que sorprenderse mucho. Sin ir más lejos, lo que hace sólo unos días era inaceptable, porque se trataba de una reforma constitucional encubierta que iba a desmembrar España, pues hoy ha pasado a ser un asunto de responsabilidad y amistad y por eso hay que «tender la mano». Así, repleto de incongruencias, de contradicciones y de disparates se nos ha ido todo el año que cerramos. Un año en el que, como siempre, la cordura la han puesto los españoles de a pie, y la insensatez, la clase política, que para eso puede permitirse lo que nos demás no podemos permitirnos. Ahora que cambiamos el calendario nos damos cuenta de que nos hemos instalado en el absurdo. Que cada una de las situaciones que se nos plantearon la afrontamos de la forma más disparatada hasta llevarla a una incomprensión absoluta. Cómo explicarle a alguien que los que nos metieron en la guerra ahora son pacifistas y los que nos sacaron de ella le venden armas a Venezuela y pacifican Afganistán. O cómo decirle que el proetarra Otegi es un miserable o un noble, en función de que nos interese o no lo que dice. O cómo los obispos, tan preocupados por la educación de nuestros niños, se pitorrean de los indios bolivianos. Y cómo justificar que un país entierre decenas de millones de euros en una Ciudad de la Cultura cuando la mitad de sus familias llegan con dificultades a final de mes. Sólo lo explica el absurdo. Porque ha triunfado lo absurdo.