ESTAMOS tan razonablemente preocupados por el desorden territorial, el feísmo arquitectónico, la amenazante urbanización especulativa del litoral y el desarrollismo especulador en nuestras principales ciudades y en sus municipios periféricos, que rara vez nos paramos a elogiar el potencial de desarrollo alcanzado por nuestras ciudades o las actuaciones urbanísticas de calidad, que entre nosotros deberían ser noticia por lo que de ejemplarizante pudieran tener. Creo que todos estamos de acuerdo en que nuestra capital, Santiago, ofrece uno de los ejemplos de urbanismo culto, equilibrado y sostenible del panorama urbano español. En estos últimos años, el realismo de la ciudad cotidiana que Bugallo representa ha tenido excelentes aplicaciones: además de la tan premiada rehabilitación arquitectónica del centro histórico, los nuevos desarrollos residenciales, el anillo verde que una sucesión de parques interurbanos está dibujando, la reurbanización del Ensanche ganado para el peatón y para la convivencia ciudadana o las admirables aportaciones privadas para crear un anillo de contacto entre lo urbano y lo rural basado en la valorización del patrimonio industrial abandonado, adaptándolo a los nuevos usos. Santiago es hoy una ciudad donde el diseño urbano constituye un ejemplo en el que las demás ciudades gallegas deberían mirarse. No duda tampoco nadie que el esfuerzo rehabilitador de los centros urbanos que el ex alcalde lucense, García Díez, el ourensano Cabezas o el decidido Lores pontevedrés emprendieron merecen también un elogio. Pero tal vez lo más sorprendente, por reciente e inesperado, sea la labor de cirugía y rehabilitación del centro vigués que, de mano de una alcaldesa enfermera, logró curar o restañar las graves heridas de un crecimiento urbano desaforado. Antes fue la integración del puerto y la ciudad. Un objetivo que López Peña impulsó desde la Zona Franca y que ahora ofrece sus resultados. Un puerto que crece en tráfico de contenedores, en líneas regulares, en navegación a vela y que en cruceros turísticos alcanza cifras récord, necesitaba una nueva relación dialogante con la ciudad, que los probables viajeros del ferri a Bristol agradecerán y valorarán también. En contraste, padecemos últimamente el proceso de obturación de los frentes portuarios de Marín, Vilagarcía e incluso A Coruña. Como Vigo, todos nuestros puertos deberían abrirse al mar. Tras tan feliz apertura, que con todo contiene elementos estéticos discutibles, la ciudad acaba de integrarse en el nuevo espacio portuario mediante la reurbanización, al recuperar su extraordinario Ensanche decimonónico, con un tratamiento que, como en Santiago o Pontevedra, elimina o reduce la impactante agresión del automóvil y que hace del centro de Vigo un espacio para el encuentro, la relación, la vida urbana de calidad y un motivo para la autoestima de la que tan necesitada estaba la ciudadanía viguesa. Hoy Vigo ofrece uno de los espacios centrales más hermosos y mejor recuperados de España. Porque la rehabilitación de nuestras ciudades históricas no debe limitarse a los centros medievales; también los ensanches reclaman con urgencia su recuperación para la vida urbana y para no perder una parte sustancial de nuestro patrimonio cultural urbano. Son lecciones de nuestro urbanismo casero que por la calidad de diseño y el valor social de los resultados merecen ser resaltados. Son oasis urbanos en un país cuyo territorio no ha dejado aún de ser considerado como un valor de cambio sujeto a cualquier apetencia desarrollista. Una lección que también nuestras villas y pequeñas ciudades deben aprender.