La lección

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

ANDAMOS estos días de celebraciones. Recordando la aprobación, pobre pero aprobación al fin, del texto del Estatuto de Autonomía, que nos ha facilitado el camino hasta aquí. Y en los numerosísimos actos, conferencias, presentaciones, ágapes, banquetes y festines, los responsables de sacar adelante aquel texto nos traen a la memoria las enormes dificultades que hubieron de superar, unos y otros, para poder alcanzar un consenso. Y lo mucho que hubieron de ceder, unos y otros, para llegar al acuerdo final. Y la corrección, respeto y tolerancia con que negociaron. Porque a la inexperiencia y a la inmadurez de la clase política había que unir entonces la bisoñez democrática de la sociedad. Especialmente en cuestiones de autonomía. Y todo ello, situado además en un contexto social y político que se aproximaba más a una bomba de relojería que a un escenario de sosiego. Pero la responsabilidad y la coherencia de quienes lideraron el país hicieron que hoy podamos mirar hacia atrás no sólo con orgullo, sino también para añorar el clima de concordia y de quietud de entonces. Todo lo contrario del actual. Todo lo contrario de lo que nos encontramos cada mañana al levantarnos. Que no es más que un chaparrón de exabruptos, groserías, irracionalidades y ofensas. De la «falta de respeto a los muertos» hemos pasado a «mentirosos». De ahí, a los «patriotas de hojalata». Y ahora estamos en lo de «bobo solemne», a la espera de conocer el nuevo improperio. Que no ha de tardar en llegar. Es por eso por lo que nos sentimos especialmente orgullosos al echar la vista atrás y ver de lo que hemos sido capaces. Y ese mismo orgullo nos lleva a abochornarnos al ver a dónde hemos llegado. Parece como si hubiésemos retrocedido hasta la Edad Media. Que debe de ser la que se corresponde con el civismo de nuestra clase política.