¡FUMATA bianca! Eso es lo único que cabe afirmar con claridad de lo sucedido en Bruselas en la madrugada de anteayer: que los jefes de Estado y de Gobierno de los países de la Unión han sido capaces de aprobar un presupuesto -las llamadas perspectivas financieras- para el período de 2006 a 2013. Lo que no es poco, ciertamente, a la vista del annus horribilis para Europa que está a punto de acabar. La Unión no hubiera podido soportar con facilidad otro fracaso tras el fiasco del Tratado Constitucional y el previo intento fallido de aprobar sus presupuestos. De hecho, ha debido de ser esa generalizada convicción la que ha jugado como un estímulo potente para sacar adelante un acuerdo al que sólo ha podido llegarse porque es bueno para todos o, lo que es igual, porque no es bueno para nadie: todos salen perdiendo... luego todos salen ganando. Queda por ver ahora, claro está, si las cosas, en efecto, son así. El futuro lo dirá. Entre tanto, el propio desarrollo de las negociaciones ha puesto de relieve un dato que ya el otro día destacaba un testigo de excepción de ese proceso -el expresidente Felipe González- cuyo criterio tengo, en temas europeos, por especialmente valioso. Según él, lo que estaba en juego en la negociación era el propio concepto de cohesión, tal y como hasta ahora ha venido entendiéndose en Europa: como una forma de solidaridad de los Estados más ricos con los más pobres de la Unión, de la que todos, al final, acabaríamos por salir beneficiados. Pues bien, si las cifras del presupuesto comunitario se juzgan en conjunto -es decir, al margen de cómo afectan en particular a cada Estado- no es seguro que el resultado sea el mejor imaginable, no ya para el futuro de la Unión sino de la idea de cohesión que ha constituido hasta la fecha uno de sus motores principales. Es suficiente con oír las declaraciones que los dirigentes estatales -Chirac o Zapatero, Blair o Berlusconi- realizaban ante los periodistas tras el cierre del acuerdo para constatar que todos habían ido a Bruselas obsesionados por amarrar su parte de la tarta, y por cómo venderían después a sus respectivas opiniones públicas internas que el resultado que habían obtenido era, a fin de cuentas, excelente. Son esas obsesiones las que explican, a la postre, que puedan tener razón a la vez Rajoy y Zapatero, pese a valorar de un modo completamente contradictorio los efectos que el acuerdo presupuestario acabará teniendo para España. Porque si de lo que se trataba era sólo de ver cómo iría lo nuestro, todo depende, por supuesto, del juicio que se haga sobre cómo ha quedado la botella: si medio vacía o medio llena.