La tradición europea

| ANXO GUERREIRO |

OPINIÓN

EN EL ACTUAL estado de desarrollo de la economía mundial, ningún país aisladamente, ni siquiera EE.?UU. o China, puede contrarrestar sus evoluciones autónomas. Así pues, para Europa la dimensión política continental es la primera de las condiciones de eficacia. El soberanismo no tiene futuro. Peor aún, es una dimisión en toda regla ante la magnitud del combate que se libra. No parece, sin embargo, que esta reflexión esté presente en la reunión del Consejo Europeo que hoy se celebra en Bruselas. La negativa de la presidencia británica a elevar el techo del presupuesto comunitario por encima del ridículo 1,03% del PIB de los Veinticinco es un atentado a la cohesión europea, representa un duro golpe a nuestro modelo social y pone en grave riesgo el proceso de construcción europea. Así no es posible avanzar hacia una Europa autónoma de Washington, dispuesta a jugar un papel protagonista en la construcción de un orden mundial más justo y democrático. Por eso Europa ni emociona ni entusiasma. Pero la causa de todo lo que está sucediendo hay que buscarla en la renuncia de las grandes fuerzas políticas a defender la tradición política europea, que es precisamente la base de la importante divergencia que ha contribuido decisivamente a que dos experiencias políticas, ya inicialmente dispares, siguieran separándose hasta alcanzar las enormes diferencias existentes hoy entre EE.?UU. y Europa. En efecto, al vigoroso movimiento de orientación socialista que se desarrolló en Europa a partir del siglo XIX se debe en gran medida nuestro actual modelo social. Que nada similar exista en EE.?UU. es la consecuencia de que no llegara a cuajar en la política norteamericana el tipo de partidos y movimientos que han determinado, en cambio, la vida política europea contemporánea. Tampoco existe un paralelo norteamericano del gran movimiento ilustrado laicizante que en Europa fue la base del Estado moderno, al destruir el poder terrenal de las diversas iglesias y, por tanto, su capacidad para disputar al Estado el derecho a definir el bien público. El hecho de que en EE.?UU. no conocieran la propiedad señorial de las iglesias debilitó al movimiento laico y favoreció el desarrollo de la religión civil que hoy reúne a millones de fieles para escuchar la exaltación del fanatismo bíblico de los predicadores evangelistas de tendencia conservadora y etnocéntrica. No menos relevante es la divergencia entre Europa y EE.?UU. respecto al uso de la fuerza y al derecho de guerra. La idea europea de que el uso de la fuerza es el último recurso contrasta vivamente con la visión estadounidense, que presupone que la relación entre las naciones se basa precisamente en la fuerza, que es un medio como otro cualquiera para resolver los conflictos. Así pues, recuperar y actualizar nuestra tradición política es la condición indispensable para construir un poder político europeo autónomo e influyente. De ello depende el futuro de todas y cada una de las naciones europeas y, en gran medida, la paz y la democracia en el mundo.