EL CONGRESO de los Diputados dio ayer su primera bendición a la LOE, la versión socialista de la reforma educativa que, para disgusto de algunos, no ha conseguido diferenciarse mucho de la versión del PP. Así que, o mucho cambia el asunto o, dentro de unos meses, cuando me enfrente un año más a la reserva de matrícula en un centro de enseñanza pública para mis dos hijos, deberé especificar de nuevo alto y claro que ni mi mujer ni yo queremos que cursen la asignatura de Religión. Yo creo que en un Estado avanzado, donde los homosexuales han alcanzado los mismos derechos que los heterosexuales, los laicos no deberíamos tener que decir que no queremos religión, sino que debería ser al contrario. En cualquier caso, a estas alturas ya he entendido que las cosas son como son y que hay gente que manda con cualquier Gobierno y gente que pierde con cualquier Gobierno. Así que digamos que me conformo. Lo que resulta vergonzoso es que el PSOE introduzca en la ley la regulación sobre la religión católica, pero no la alternativa para esa pandilla de ignorantes que machaconamente seguimos rechazando la religión para nuestros hijos. ¿Qué harán? ¿Seguirán jugando al parchís en la hora de Religión? ¿Se irán para casa? ¿Serán abandonados en el cuarto de las fotocopias? ¿Por qué hoy los que quieren Religión saben lo que habrá y los que no la quieren seguimos en la ignorancia? ¿Por qué nos pasa siempre lo mismo? ¿Socialismo? ¡Ja!