CADA VEZ que hablamos de Estados Unidos nos vemos obligados a hacer mil concesiones en nombre de la historia: la Constitución, el federalismo, los avances tecnológicos, la acogida de inmigrantes, el desembarco de Normandía, el cine, el jazz, Elvis Preley, el GPS y la NASA. Y ni siquiera nos atrevemos a puntualizar que los primeros avances de la ciencia americana se produjeron cuando los científicos europeos huyeron de la tiranía, que la entrada de América en la Guerra Mundial sólo se produjo cuando los japoneses amenazaron su dominio del Pacífico, o que los que pusieron más muertos en contra del Eje fueron la vieja Europa y la Rusia de Stalin. Por eso, porque Europa atraviesa una fuerte crisis, y porque estamos llenos de complejos, estamos incapacitados para entender el mundo que nos rodea y para empezar a decir las cosas que podrían paliar algunos de los desajustes que amenazan nuestro porvenir. Si comentamos la brutalidad policial o el uso aberrante de la pena de muerte, tenemos que acabar alabando su sistema judicial. Si hablamos del militarismo que desestabiliza el mundo y mantiene los riesgos de otra gran conflagración, tenemos que recordar su ayuda en la Guerra Mundial. Y si hablamos del efecto invernadero y las agresiones al medio ambiente nos vemos obligados a recordar que algunas de las mejores patentes farmacéuticas pertenecen a laboratorios americanos. Y así, a base de viajar de Pinto a Valdemoro, acabamos negando la cruda realidad. Porque lo cierto es que los Estados Unidos de hoy se comportan como un país insolidario que antepone sus intereses a los de la paz y la convivencia internacional. Hacen guerras por dinero y confunden su seguridad con el control de las riquezas y la energía. Secuestran y torturan en nombre de la democracia. Boicotean el nacimiento de un sistema penal internacional. Se mantienen fuera de todos los protocolos orientados a la construcción de una economía sostenible. Mantienen la pena de muerte con visos tercermundistas. Construyen y difunden por todas partes la teoría de que las leyes democráticas y la justicia garantista no sirven para luchar contra el terrorismo. Son los patronos de las cárceles secretas, de las jaulas de Guantánamo, del penal de Abu Graib y del arrase de Kandahar. Definen y usan el terrorismo a su conveniencia. Y siguen sembrando el tercer mundo de dictadores (también en Irak y Afganistán) que luego combaten y desalojan con cruentas guerras e interminables matanzas de civiles. También hicieron una Constitución admirable y desembarcaron en Normandía. Pero algún día tendremos que empezar a decir la dura verdad de hoy, sin dejar que la historia pasada actúe como mordaza.